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Aracena y Aroche

Huelva

Aracena, abril de 2009.
Todo preparado para recorrer la serranía de Cuenca. Listos los alojamientos, las rutas y hasta los restaurantes, como debe hacer cualquiera que no sea un delincuente. Parada rápida en Altube, vistazo a un artículo del periódico y sin más cambiamos el destino del viaje. Vale, lo cambio yo. Y guardo respetuoso silencio hasta que Salamanca parece ya mucho desviarse para ir a Cuenca. Pero también soy yo quien luego soporto que durante horas se me calumnie tildándome de improvisador y volandero. Vaya lo uno por lo otro. Montes de Aracena y de Aroche, la vertiente menos inhóspita y hostil de la inhóspita y hostil Sierra Morena. Pueblos encalados que muestran señal de pasadas noblezas, tranquilas dehesas y bosques de castaños y alcornoques. Y las luces y colores de Huelva, limpios y claros como en ningún otro lugar.

No es mi primera visita a las sierras, aunque sí la primera digna de correr por escrito. La anterior fue aplicada en la noche y gandulera en el día. Será por ello que ahora deambulo por la comarca con la misma expresión alelada que identifica al aldeano de tierra adentro cuando se estrena en el litoral, tratando de convencerme de que todos estos pueblos y castillos faltaban entonces y los han colocado después. El subterfugio, siempre más ventajoso que la asunción de culpas. Claro que Aroche, Almonaster la Real, Santa Olalla del Cala y demás municipios del sector arrastran mucha historia, y si hemos de creer a quienes se remueven en los turbios límites de la leyenda y la realidad, la villa de Aracena comenzó a latir por los tiempos del Leviatán, que coleaba ya en el quinto día de la Creación. Por aquí las tradiciones seculares no son de fraguado instantáneo, llegan bien cocinadas al fuego lento de los siglos.

Cosa distinta es ese bandolero idealista de Sierra Morena, un personaje de folletín elaborado por los románticos mezclando mil salsas: el héroe del pueblo, el guerrillero que hace frente al gabacho, el azote del cacique... Salvo casos aislados, el bandolero fue un criminal o un vulgar ladrón que, además, ejerció sus maldades al sur del Guadalquivir y rara vez se acercó a Sierra Morena. Demasiada claridad y pocos viajeros que asaltar, supongo. La claridad de esta luz... Este conjunto de pueblos parece el perfecto modelo de la limpieza impoluta: blanco entre verde, pulcro todo. Verdes las arboledas; blancas las casas, los muros e incluso las piedras. Es como si a una de esas señoras que salen a barrer la entrada de su portal y terminan barriendo la calle entera, se le fuese la mano aún más y cada mañana limpiara también las sierras. Cruzas por su lado y poco falta para que te peine y te afeite y te despida con un buen pescozón en reproche por tu desaliño.

Hasta las postrimerías del siglo XVIII España estuvo casi al margen del Grand Tour, una suerte de viaje ilustrado de varios meses (años en ocasiones) por Europa que todo imberbe con posibles debía acometer bajo pena de menoscabo social. De ser tachado de botarate, en suma. Se tenía al país por peligroso y decadente, dos tópicos con un fondo de verdad exagerado por la arrogancia de muchos de los pocos que vinieron. Los románticos del XIX transformaron esa excursión educativa en una aventura sentimental, y como nada hay más adecuado para un soñador que el sendero sin transitar y la nostalgia que irradia la decadencia, hicieron de España parada obligada. Cierto que luego, en su inmensa mayoría, transitaban menos que un bolardo y siguiendo siempre el abarrotado sendero de las principales líneas del ferrocarril, pero seamos justos: con ellos comenzó a armarse el actual entablado turístico.

La España que describieron era un país artificial que sólo existía en su delirio novelesco. Enemigos de la realidad, palabreaban sin descanso sobre fingidas penurias viajeras, alteraban paisajes, encontraban toreros y bandoleros en cada esquina y descubrían exotismo árabe hasta en donde jamás hubo moro. Relatos un tanto ridículos, pero ellos no escribían para los retratados, escribían para un público ignorante de la imagen retratada. Andalucía fue su destino fetiche, el que les permitía desbarrar a gusto acerca del país «que oscila entre Europa y África, entre la civilización y la barbarie», en frase de Ford, gran maestre de su hermandad. Por Aracena y Aroche los románticos apenas se aventuraron, naturalmente. Y no porque escaseasen aquí las reliquias y rarezas que llenar de inventos y prejuicios, sino porque estaban muy apartados de la ruta turística como para atraer a un explorador de cartón piedra.

A veces creo que nuestra percepción de Andalucía está casi tan fuera de la realidad como la de los románticos. Oímos la palabra y de inmediato la mente nos encañona con un mundo de playas y chiringuitos que no acepta otro paisaje. Y si aquel grupo de charlatanes no se conformaba con pasar por los caminos sin tropezarse con un amable bandido, nuestro cerebro tampoco la concibe sin rebujitos ni tumbonas. Sin embargo, la mayor parte de su extensión es como estas montañas: tierra interior, de cuestas, y de aire limpio que remedia el engañoso espejismo del tópico.