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Las Batuecas-Sierra de Francia

Salamanca

La Alberca, octubre de 2015.
Este «incultísimo país de las Batuecas, en que tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir, y en el cual tendremos la paciencia de morir». Larra, en la revista El Pobrecito Hablador, allá por 1832. La paciencia apenas le alcanzó para un lustro y esas Batuecas son una alegoría de la España que le tocó vivir: un país ignorante, atrasado y bastante cafre. El tribalismo sectario parece endémico, persisten varios reductos pueblerinos y ciertamente nadie nos va a confundir con la sede del festival de las luces, pero seamos positivos: algo ha mejorado porque empeorar el siglo XIX se antoja gesta improbable incluso para nosotros. En cualquier caso, el valle de las Batuecas en poco recuerda a la comarca subdesarrollada de parias abandonados a la que dió nombre por sinécdoque y que luego conocimos como las Hurdes.

Aunque tomaron la parte por el todo y el apelativo del pequeño valle se aplicó al territorio completo -el porqué es un aspecto que he sido incapaz de averiguar-, las Batuecas sólo eran una dehesa dentro del espacio natural de las Hurdes. Ambas comarcas, en vecindad desde la división provincial de 1833, caminaron hermanadas durante siglos como extremeñas, como pertenecidos de la Casa de Alba y también como manantial de fantasías que sirvieron para esconder una realidad terrible. El idílico País de las Batuecas, el nuevo mundo que había sido descubierto, no en América, sino dentro de la propia España: un próspero valle arrinconado de la civilización en donde un grupo de silvestres disfrutaba la placidez de la vida natural. Sin embargo, lo que se ocultaba detrás de esa arcadia feliz difundida por Lope de Vega, era el infierno de unos desgraciados que vivían en la absoluta miseria arrinconados en la hostilidad de un solar improductivo: las Hurdes.

Y como del elogio a la injuria pasamos tan rápido como de la injuria al elogio, en algún momento del camino entre el maravilloso País de las Batuecas y el reconocimiento de la indigencia de las Hurdes, nació la burla, que masticó el atraso y la incultura del batueco para escupirlos como sinónimos de iletrado y adoquín. Desheredado de la vida y encima, objeto de mofa. Ahí es nada. Y aún estaba por llegar Buñuel con su cabra, su burro y su jeta de hormigón armado. Larra -y los Alba, para qué hablar- conocía la realidad de las Batuecas, la verdad de las Hurdes: su condición de comarca tercermundista habitada por gente malviviendo en abandono. ¿Por qué Larra, siempre tan crítico y punzante con la situación del país, prefirió mirar hacia otro lado? Vuelva usted mañana y se lo cuento. Sorprende, dada nuestra invencible inclinación al compromiso, a comprometernos con todo aquello que no nos comprometa a nada. Somos valientes, pero sólo cuando no es necesario.

Hoy el frondoso valle de las Batuecas es un jardín botánico que forma parque natural con el bosque inmaculado y los pueblos de fuerte presencia de la Sierra de Francia, repoblados, según cuentan por aquí, con fulanos de la Borgoña. Andurriales mágicos, a decir de los predispuestos. No discutiré que el lugar se presta a la ensoñación, a la alegoría de paraísos terrenales y entelequias semejantes, pero entre mandar a los pensamientos a volar por el mundo imaginario y mandarlos a que se pierdan en el desvarío, hay alguna diferencia. Entiendo el propósito de las leyendas, e incluso que las personas crean en mentiras cuando no encuentran verdades que creer (Larra), pero si la realidad, como es el caso, te proporciona material suficiente, ¿para qué entretener el tiempo ideando fantasías? Disfrute usted de la realidad que le ofrecen las Batuecas y la Peña de Francia, hombre, que no está ahí por equivocación.

La Alberca, municipio de postal que mantiene con decoro el complicado equilibrio entre tradición y turismo, nunca falla en las listas de pueblos pintorescos que los más ingeniosos nos suministran como si fuese una idea feliz que a nadie antes se le hubiera ocurrido. Puede uno morirse sin haberlo visitado, no faltaba más. Aunque por su ineptitud descendería directo al infierno para ser arrojado al lago del fuego eterno, ese que jamás descansa, como la pereza. Miranda del Castañar, Sotoserrano, San Esteban..., casas de piedra y aires de pasada gloria. Y Mogarraz, villa despierta que de la mano del pintor Maíllo y sus retratos callejeros confirma, de nuevo, que hacer cosas cambia las cosas y que no hacer nada, sorpresa, las deja como están. Ya no hay más que dos clases de pueblos: los que hacen algo por sobrevivir y los demás, y como escribió Larra en cierta ocasión y diferente contexto, no citaremos nombres propios en la primera clase por no ofender a la mayoría.

El País de las Batuecas, aquel impenetrado paraíso de afortunados silvestres, sólo existió en la ficción poética de Lope de Vega y en la mente de los enredadores. Era tan falso como el Buen salvaje de Rousseau, majadería que nunca acaba de morir y reaparece con éxito una y otra vez como síntoma de nuestra simpleza. Las junglas del despoblado vergel batueco y los bosques y pueblos de la Sierra de Francia componen un parque natural de gran nivel. Un recinto, no utópico ni ilusorio, sino real y verdadero. A mí me parece una ventaja, aunque habrá quienes lo vean como perjudicial para el correcto ensamblado de sus fantasmagorías.

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