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Costa de la Luz

Cádiz y Huelva

Cádiz, octubre de 2017.
Creo que a nadie escapará que el ocio es la manera que tenemos de encubrir durante un rato la aridez de la vida. El ocio -me refiero al recreo sano, no a ese ocio desvergonzado que alimenta el vicio y lleva al precipicio- relaja la mente ya estés rodeado de nieve o de sombrillas, de selvas o de hormigón. Pero aun cuando el lugar no importa, ocurre que la Costa de la Luz eleva el reposo a una categoría superior, influye en el ánimo como un sedante. Aquí la noche recula y no embiste: los días parecen más largos y el cadáver del sol nunca termina de desaparecer del horizonte. Es un enigma que no he podido descifrar. Como tampoco la razón de que los colores naturales de Huelva sean distintos a los de cualquier otro sitio, o siquiera esta costumbre que tienen en Cádiz, que no es precisamente Siberia, de servir el café a temperatura de lava hirviente.

Soy enemigo de malgastar las energías flojeando durmiente sobre la arena (y no por faltarme cuerpo digno de ser expuesto al aplauso admirado de la muchedumbre, dejémoslo bien claro), pero cuando tienes a mano las playas de la Costa de la Luz, me pregunto qué motivo impulsa a un bañista a comerse diez o quince horas de vuelo para acabar arrojado como un fardo en la medianía de un insignificante arenal del otro lado del globo. ¿Despecho y deseo de venganza contra sí mismo? A veces no es necesario verse en la penuria de ir muy lejos para encontrar lo que buscas, y si playas buscas, este es el litoral: urbanas (La Caleta o Punta Umbría), históricas (Trafalgar o Bolonia), protegidas (Doñana), ambienteras (El Palmar o Valdevaqueros), impolutas (Zahara de los Atunes, La Barrosa, El Portil, Islantilla...). De suelos blancos o dorados, de arena fina o con más conchas que un grupo de peregrinos.

No hay en Europa tierra más americana que Huelva. ¿Cuántos tripulantes se embarcaron en la expedición a las Indias de 1492? Se desconoce la cifra exacta, alrededor de un centenar entre pilotos, marinería, maestros en las nobles artes antiguas (tonelero, sastre, boticario...) y un par de amigos del papeleo. A pesar del famoso cuadro de Puebla, no había entre la tripulación soldados ni frailes evangelizadores. Tampoco alcaldes ni gobernadores, que la empresa era seria y arriesgada. El grueso lo formaban andaluces -¿acaso no teníamos por convenido que son perezosos desde inmemorial?- de Palos de la Frontera, Moguer y Huelva, pero también se enrolaron cántabros, castellanos y un cierto número de vascos de Lequeitio y sus proximidades para dolor del coro de cantores que reescribe la historia con bastante menos verdad que eficacia, que no en vano advirtió Revel de que la mentira es la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo.

No me olvido de Colón, a quien hoy reclaman como hijo natural hasta en Uzbekistán y al mismo tiempo discuten tantos méritos, que pronto negarán que estuviese en su propia expedición. Aquellos chiflados no zarparon en busca de nuevas tierras, sino de una ruta occidental para llegar a las Indias. ¿Seguro? Lo digo porque las Indias ni se mencionan en las Capitulaciones de Santa Fe, que sin embargo establecen que Colón ejercería de virrey en las «tierras firmes e islas» que descubriese durante el viaje, cosa que hace intuir que las partes tenían fundada sospecha de la existencia de territorios por ganar más allá de las Azores. Desde luego no otro continente, pero sí islas o costas todavía extrañas para europeos y asiáticos. Cervantes calificó a la batalla de Lepanto como «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros»; echarse a las aguas sin mapas en tres pequeñas naves me parece a mí gesta mucho mayor.

Cádiz está volcada al mar. Y desde siempre, porque de ella dijo Estrabón que seria la más poblada después de Roma si sus habitantes no acostumbrasen a vivir de contínuo en los mares. De hecho, el resto de las excursiones colombinas salieron de puertos gaditanos (Cádiz y Sanlúcar de Barrameda), mismos muelles de donde Elcano y Magallanes partieron a la conquista de los océanos, Cabeza de Vaca a la conquista de la Florida y siglos más tarde cualquier viajero a la conquista del mundo. Hubo fechas en que aquellos que se sintieron llamados a explorar otros vecindarios (o a huir del suyo), venían a Cádiz para tomar el vapor de Italia, de África, de América, de Filipinas... O el de Sevilla, que estaba más cerca pero ahorraba fatigas y dinero. Claro que antes debían vencer la tentación de prolongar indefinidamente su estancia en la ciudad, algo nada fácil porque Cádiz es de esos lugares que gustan al instante y cuesta abandonar. La brevedad de las alegrías.

No obstante su luz, estas orillas evocan sombras, sombras de hechos lejanos en el tiempo y en el espacio. No todo es playa. La Costa de la Luz deja entrever las siluetas recortadas de tartesios, fenicios y romanos, traza el contorno de batallas y fronteras medievales. Y también devuelve ecos de ultramar. Velas y tormentas que cruzan entre dos infinitos: el Atlántico y lo desconocido. Igual estoy naufragando en mi imaginación, pero entiendo a quienes desde aquí se lanzaron a la aventura, porque la idea de lo desconocido nos deslumbra desde el origen de los días. Luego vinimos muy a menos: ahora nos basta con hacer sombra. Como un poste.