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Las Encartaciones

Vizcaya

Algorta, octubre de 2005.
«¿Galdames?, ¿dónde está eso?». No muy lejos, en la cordillera de tu ignorancia. Contrasta este reciente desvelo por saber de las tribus nómadas del quinto pino con el desinterés por el universo cercano, por lo que tenemos a dos pasos, pero no disputaré yo a nadie la gloria de haber hecho kilómetros. En realidad, bastaría con responder que Galdames está en las Encartaciones para contemplar idéntico semblante de estupefacción vacuna en alguna de esas caras que presumen de vizcainidad y recio orgullo de patria, pero por aquí cruzaban las calzadas romanas cuando Vizcaya aún no era Vizcaya. Montes y aldeas dispersas, casas-torre de linaje y palacios indianos, minas y ferrerías desaparecidas. Según las voces imprudentes, guarda el «monte asperísimamente alto, todo de hierro» que Plinio el Viejo describiera hace casi dos mil años.

Las Encartaciones, comarca olvidada por los mismos que no omiten ocasión de alardear de bienestar y progreso para envidia no ya internacional, sino hasta interplanetaria. Y precisamente por ser el cultivo del yo nuestra principal producción agrícola, cuesta mucho entender la cicatería en infraestructuras demostrada de largo por unas instituciones siempre prontas para el despilfarro gregario y el autobombo. Cicateros incluso en publicidad, cuando nadie ignora que nos sobran las gacetillas públicas, ateneos de mala prosa que pagamos a escote y sólo sirven para colocar al familiar inútil o al amigo recomendado. ¿Y las agencias de viaje locales, esos cerraderos en donde cualquier lugar sin masificar lleva puesta encima la acusación de Terra incognita? Comercializan un trayecto provincial que ni se arrima a las Encartaciones pero incluye cata y besamanos en una bodega riojana. Tócate el pirindolo, Mariloli.

Desdeñada por los suyos cuando su actual cabecera es Balmaseda, la villa vizcaína más antigua y la que mejor conserva su sabor medieval. El turismo en máximos históricos, la llegada de visitantes no para de crecer, somos tan grandes que no cabemos por las puertas y otras noticias igual de felices. Estupendo, pero en Trucíos se me ocurrió preguntar a una abuela de habla incomprensible si pasaban por allí los turistas, y después de abroncarme bamboleando la escoba como si fuera yo el culpable, vino a señalar que a un manco de las dos manos no le faltarían dedos para contarlos. O algo parecido, no me enteré bien de lo que dijo. Y en absoluto cabe alegar que la red viaria comarcal sea deficiente o se encuentre obsoleta, ciertamente, porque se remozó por completo para recibir a Plinio el Viejo. A Carranza y a Lanestosa más vale acercarse por la autovía de Cantabria. De lo contrario, puede que el apocalipsis bíblico te sorprenda todavía en ruta.

Las Encartaciones caminaron por los siglos como territorio con personalidad, fueros y juntas propias, y lucen una biografía distinta de la aventura histórica vivida por las fincas que se esparcen por la orilla contraria del Nervión, circunstancia que en boca de malpensados explica su arrinconamiento mejor que su hermetismo geográfico. Hasta su definitiva incorporación por mandato real en 1800, sus nueve valles -en puridad ocho, porque Güeñes y Zalla pertenecen al mismo- sostuvieron fuertes y frecuentes pleitos con el Señorío de Vizcaya, al que abandonaron casi tantas veces como se agregaron. «Bizcaya trató a menudo de que la Encartación no se portase con tanto aislamiento del Señorío, [lo que] no pudo conseguir», en palabras de Labayru. Resistió hasta el final, y el nombre sigue titulando a una comarca despojada ahora, por razones que se me escapan, del valle que le dió salida al Cantábrico y acceso a la ría: Somorrostro.

Pese a la creencia popular, la institución jamás contó entre sus miembros a las villas de Balmaseda, Lanestosa y Portugalete, que como tales pertenecieron a la Junta de Villas y Ciudad, un organismo diferente de los cuatro que compusieron el Señorío junto al Duranguesado, las merindades de la Tierra Llana. Y si Vizcaya no puede comprenderse sin sus villas, menos aún sin las Encartaciones, porque entre otras muchas cosas su pasado minero es en gran parte el pasado minero de la vieja Encartación. Pocas dudas habrá acerca de que por estos sembrados nacemos con la virtud de la grandeza, pero el esplendor industrial no nos llegó por la hidalguía de raza sino por las minas de hierro de Somorrostro, Galdames y Sopuerta. Y si la provincia ha de disfrutar de esplendor turístico en el futuro, será porque a las Encartaciones por fin se les mostró algo de respetuosa atención.

Recuerdo haber leído de Zweig que el mundo ya no tenía secretos, que no quedaban tierras por descubrir. Una reflexión banal impropia de un pensador de su calibre. Colorear un mapa y llenarlo de nombres no es descubrir el mundo, y afirmar que no tiene secretos lo habría tomado como indicio de estupidez si no conociese a Zweig. Cualquiera que haya llegado a comprender cuántas cosas caben entre las cuatro paredes de un país, sabe que ningún viaje es igual a otro y que el mundo no es una montonera de lugares que permanecen estáticos en el tiempo. Los mapas no lo cuentan todo. Descubrir es investigar, perderse por los senderos.