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La Maragatería

León

Castrillo de los Polvazares, febrero de 2010.
La arriería es hoy alimento para la lírica, una actividad enterrada en los siglos muertos. Nadie se acuerda ya de ella: hecha la casa, abajo los andamios, que dijo Larra. Resulta muy difícil -o acaso imposible- visualizarla en su justa dimensión en una época tan modernamente decrépita como la nuestra, que si bien garantiza acceso rápido e indoloro a cualquier parte, también otorga rango de profesión al husmeo de chismes y cotilleos. La Maragatería es el País de los maragatos, tierra que fue de arrieros. Y no es que los maragatos fuesen los únicos arrieros que vieran los caminos de España, pero sí los más famosos y los que mayor impacto tuvieron en el ojo del que mira. Gente de tradiciones y costumbres, caros pero honrados, con bolsa llena pero gastando menos que un eremita.

Lejos de mi intención el aturdirte, pero períodos de la historia hubo en que no existían las autopistas. Hasta que el desarrollo del maquinismo allanó el terreno para crear otro mundo, gran parte del tráfico comercial era atendido por arrieros y sólo por ellos en las áreas más abruptas inaccesibles para la carretería. Hacia 1750, cuando abordan su renovación, el viario nacional tenía más vacíos que ahora nuestros bolsillos y se armaba de viejas calzadas reales, malos caminos de rueda y aún peores de herradura. Hoy subes al coche para ir a Vitoria y si madrugas, puedes acercarte a Sevilla y visitar antes la Giralda, pero en aquellos tiempos se ponía uno en manos de la Providencia al abandonar la seguridad del hogar. No se viajaba por placer, porque moverse por el país suponía revivir cada una de las etapas del Vía Crucis. Viajar era «empresa que se acometía entonces sólo por motivos muy poderosos», legendaria frase de Larra.

Los caminos de rueda eran pocos (o ninguno en las zonas limítrofes de León, Asturias y Galicia) e incómodos, pero transitables por carros y carruajes no sin riesgo de dar un vuelco y acabar los pasajeros ocupando el lugar de las bestias. Los de herradura formaban el grueso del viario: sendas estrechas que apenas admitían caballerías y casi en fila de puntos suspensivos. Alguno queda por los montes en su estado natural: senderos ásperos que desembocan en esos pueblos perdidos en donde muere el asfalto. Por ahí únicamente circulaban los pedestres, los ecuestres y ningún otro trajinante que los arrieros transportando sus mercancías a lomo de mula. Entre ellos los maragatos, precedidos por la fama de no detener su marcha por nada ni por nadie. Cómo sería la cosa, que las habladurías de los blasfemos sostienen que ni Dios mismo, que gobierna con infinito poder, logró que un maragato quitase sus mulos del puto medio y le cediera el paso en un camino de herradura.

«Los maragatos unimos España», nos cuenta un hombre en Rabanal. Desde luego ayudaron a unir el noroeste con el resto del país precisamente por esa carencia de caminos carreteros. Tomaban las sendas de cabalgadura que abrían en Astorga (la de Cruz de Ferro o las de Babia) y conducían sus recuas hasta La Coruña, los puertos asturianos o incluso Laredo. Las cargaban con fardos de salazón, pescado o manteca para mercadear en las ferias y pueblos de Castilla la Vieja y allí compraban mil géneros que llevar de retorno: sal, jabón, vino, paños, trigo... De todo. Más tarde ampliaron el radio de actuación y sus ropajes se convirtieron en la estampa estrafalaria del recorrido entre Galicia y Madrid: en el ambiente social del XIX, sus sombreros de ala ancha y demás atuendo trasnochado ponían la nota pintoresca. Omnipresentes en los caminos y en la literatura hasta que el ferrocarril apareciese para arollarlos sin contemplaciones.

Ellos que tanto habían avanzado por los caminos, terminaron atropellados por los avances de la mecánica. Ironías del destino. Y como su vida orbitaba alrededor de la arriería, al liquidar el meneo de recuas el tren fulminó no ya a los maragatos, sino también a la comarca entera, porque La Somoza (que así llamaban a esta tierra somontana del Teleno) contaba en aquellos tiempos a más mulos que vecinos y tenía a la mitad de su censados bregando en la arriería. A los maragatos la modernidad los puso en desuso, como al fax o a la costumbre de dar las gracias. No supieron adaptarse al nuevo escenario: se opusieron a la vía férrea con el nulo éxito imaginable y después fallaron el tiro al escoger la carreta en lugar del camión, que se impondría al tren en las áreas montañosas. La emigración, la dispersión de la comunidad y el despoblamiento vinieron seguidos. Algunos marcharon a América, en donde recobraron fugazmente su antigua gloria arriera.

¿Qué herencia pervive de todo eso? Analizando la fotografía en cuerpo entero de las impresiones superficiales, me atrevo a decir que no mucho. El topónimo que los arrieros remolcaron de un rincón a otro del país, claro. Tradiciones, folclore y costumbres quizá desvirtuadas, recuerdos de un pasado que no tiene derecho a la vida ni significa hoy gran cosa porque caminamos con pisada ágil y herraduras con destino a lo impersonal. Lo que se queda quieto desaparece. Ahora bien, Castrillo de los Polvazares es un pueblo que debería conocer cualquiera por cuyas venas aún corra la sangre.