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Bulgaria

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Sofía, mayo de 2010.
«Pero, vamos a ver, ¿qué se te ha perdido a ti allí?», frase con la que se me martillea desde el origen de los días. Oigan ustedes: un personaje de Gil Blas aseguraba que para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que la de viajar. Cierto que el tipo era un pícaro, un hijo del caos, y no vagaba por los caminos con la intención de satisfacer necesidades intelectuales, sino con la de prosperar en el desvergonzado arte de la estafa. Podría argumentarse que con tales referentes, así me va, pero ¿acaso el propósito de viajar no consiste en salir a ver mundo y conocer otras tierras? Pues bien, ¿quién sabe algo de Bulgaria? Nadie. Puede que ni Stoichkov siquiera. Con excepción de los tratantes en madera y demás personas sin principios, pocos parecen sentir un especial interés por venir hasta aquí.

Desde lejos Bulgaria provoca una profunda indiferencia, genera en las caras la inequívoca expresión de desdén que precede al abucheo de quien lo propone como destino de viaje. Te observan con desilusión: las expectativas no eran altas pero da igual, decepcionas. Hablas de los tracios (Espartaco era tracio, joder), del mar Negro, de los Balcanes, del monasterio de Rila. Y entonces sí, entonces tu propuesta de recorrer este país se felicita con tal desborde de entusiasmo, que hasta vuelan amenazas de linchamiento. Bulgaria es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, como Churchill definió a Rusia. Un cajón de sastre en donde todo se encuentra presente pero confuso, un país extraño que permite comprender cuántos ingredientes caben en un potaje. Si España, en la linde sudoeste de la Cristiandad, tuvo durante la Edad Media sus ocho siglos de moros, Bulgaria, en la sudeste, tuvo sus cinco de turcos que se estiraron hasta el último tercio del XIX.

El manido «Nexo de Oriente y Occidente» le casa bastante mejor que a una Turquía que no encaja en ese perfil ni examinándola con la indulgencia con que el borracho mira a las feas. Griegos, celtas, romanos, godos, hunos, eslavos, otomanos, rusos..., todos pasaron y dejaron huella, pero nadie más estrechamente vinculado a la tierra que los tracios, tan perdidos en el enigma como el propio país. Bulgaria es un embrollo de guerras y topónimos que delimitaron territorios con distintas fronteras, y aunque he tratado de descubrir sus claves, rara vez en un proyecto se habrá registrado mayor fracaso, porque ni siquiera he logrado comprender los aspectos básicos. «Los Balcanes producen más historia de la que pueden consumir», otra cita que la rumorología atribuye a Churchill. No sé si la dijo -Churchill viene a ser la versión geopolítica de Groucho Marx: no hay frase aguda cuya paternidad no se le adjudique-, pero se ajusta a la cintura de la región.

Esta es la Europa que el comunismo, ese cielo de virtudes promocionado a prudente distancia por quienes, sin duda con generoso sacrificio personal, jamás se animan a instalarse en él, mantuvo descomponiéndose en su pozo lúgubre durante décadas. No es tarea fácil desmontar el enorme aparato clientelar heredado de un mundo en donde lo que no estaba prohibido, era obligatorio (¿alguien ha definido a las dictaduras mejor que Jardiel?) y recuperar de golpe veinte o treinta años desperdiciados es mucho saltar, pero hoy la vida avanza rápido y no tolera aplazamientos. Así pues, en el país de la miscelánea emergen nuevas mezclas: colmenas de hormigón que amenazan ruina inminente y calles destartaladas conviven en Sofía, en Plovdiv, en Varna, en todas partes, a un palmo de edificios modernos y callejuelas históricas en perfecto estado. Tramos sueltos de autovía alternan con carreteras en donde los baches servirían para ocultar a un elefante adulto.

Marcados contrastes. Veliko Tarnovo: miro a la izquierda y asoma un mulo tirando de un carro cargado de sujetos que parecen recién liberados de un campo de concentración; miro a la derecha, y un par de horteras lastrándose anillos y collares para competir en destellos con un árbol de navidad, descienden de un cochazo y toman asiento en una terraza que le da mil vueltas a las nuestras. Tan mezclados están parias y ricos, modernidad y decrepitud, que entiendes la costumbre que tiene esta gente de negar con la cabeza para asentir y asentir para negar. Es una tierra dura, rigidez además incrementada por ese aura de disciplina y severidad que rodea a los lugares que rebosan de iglesias y monasterios. Salvo en las playas del mar Negro (Nesebar, Sozopol, etc.), el país te deja la impresión de caminar oscurecido por una sombra de resignación y tristeza. Tal vez endémica, tal vez coyuntural producto de la crisis económica.

Seguramente Bulgaria habría querido para sí un Partenón tracio y una Alhambra otomana que llamasen a gritos a las masas del mundo entero, pero la pérdida de unos es la ganancia de otros. Porque no siendo un país de atracciones faraónicas, siempre se podrá visitar sin ser testigo mudo de los histerismos y ataques espasmódicos que provocan otros destinos. Y el lugar lo merece, es una especie de jardín de las flores curiosas: ninguna ganaría un concurso, pero todas resultan interesantes para quien dirija la mirada hacia algo más que la superficie de las cosas. En definitiva, y contra lo que se sostuvo, igual no estaba yo tan falto de razón cuando propuse venir.