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Croacia

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Zagreb, octubre de 2010.
No contaba yo con regresar a Croacia en el futuro cercano, un país que fue parte de otro país que ya no es pero que sí era cuando lo visitamos allá en el pleistoceno de las épocas poco cabales. Y desde entonces quizá no hayamos ganado demasiado en cordura ni adquirido grandes sabidurías de las que presumir, pero al menos esta vez no nos hemos recorrido media Europa en coche para llegar hasta aquí. Un avance a respetar, creo. Tampoco hemos venido en busca de la emoción de explorarlo sin criterio, sin saber a dónde vamos ni en dónde estamos, aunque no sé si esto supone un avance. Viajar sin itinerario estudiado de antemano y sin más rumbo que el deseo arbitrario del momento, te lleva por el agradable camino de la improvisación. Por desgracia, sin el tiempo como guía, ese camino nunca pasa por todos los lugares que te pierdes.

Seis meses después de nuestro viaje por Yugoslavia abrió sus puertas la carnicería de los Balcanes, y a partir de ahí tengo por el más genuino de los esperpentos al cabeceo de desaprobación de los yugoslavos cuando veían por la tele las imágenes de aquella invasión iraquí de Kuwait. Grotesco en retrospectiva, sabiendo lo que pronto ocurriría en su casa. En apariencia la guerra está superada en Croacia. Sus huellas materiales se han disuelto casi por completo en la costa y en el interior apenas se aprecian en los escombros de algunas casas de la campiña. Las otras huellas necesitarán más tiempo para desaparecer. Confiemos en que sea menos que en España, que de tan interesadamente renovadas ya se hace difícil distinguir si son huella o mugre. A este ritmo de biografías inventadas, el número de abuelos fusilados o represaliados por el franquismo acabará rebasando al de la población global que había en la fecha.

Recuerdo Croacia como una tierra distinta al resto de Yugoslavia, y no me refiero a identidades étnicas, religiosas o culturales, materias que son pura tabarra en esos años de tu vida en que nada que no ocurra por la noche goza de excesiva importancia. Me refiero a que en ella no se respiraba la misma atmósfera de plan quinquenal que en otras regiones. No apestaba a sepulcro ni mostraba el aspecto desastrado de Bosnia-Herzegovina, que parecía zona de guerra antes de que la guerra siquiera hubiese empezado. Croacia olía a cosa fresca, era una luz entre sombras. O tal vez sólo fuera una ilusión óptica, los efectos de un espejismo provocado por su litoral de aguas cristalinas, puertos medievales y docenas de islas o islotes. La costa del Adriático es imponente, resultado del paso de las grandes civilizaciones y del entusiasmo creador de quienquiera que crease el mundo. Ya sea en Istria, Dalmacia o las islas de Kvarner, no hay pueblo o ciudad adriática que no tenga su sello especial.

Como de un tiempo a esta parte mis ocupaciones están arrastrando a mis desocupaciones por los dominios de la holgazanería intelectual, no he refrescado ninguna lectura sobre el país. Tampoco Fantasmas balcánicos, traído para releer y dejado morir de asco en la mochila. A esta cota de indolencia y degradación he llegado. Kaplan es un analista avispado -y Viaje a los confines de la Tierra fue un libro inspirador-, pero me fastidia su obsesión por asignar herencias y relacionar cualquier hecho presente con alguno del pasado lejano. Siempre halla causas y culpables en no sé qué acontecimiento ocurrido en las tinieblas de los siglos antiguos: si hoy un fulano agita un trapo de colores o se encinta un pistolón, para Kaplan siempre se debe a que hace mil años otro fulano miró mal a su abuela o robó la cabra de su vecino. «Si un hecho sucede después de otro, aquél es consecuencia de éste», una falacia retórica más vieja que la misma retórica.

Que un hecho sea anterior a otro en la secuencia temporal no implica necesariamente que el primero cause el segundo, sólo implica que sobrevino antes, nada más. Recargando su lógica, los caseros de Dubrovnik, Plitvice o Split hoy rehusan alojar a los veinteañeros italianos por razón de algún agravio histórico recibido de romanos o venecianos, y no porque cada noche armen una escandalera del copón. En fin, aunque el comunismo hereje de Tito y demás hermanos mártires contribuyó a que desde la distancia muchos nos formáramos de ella una falsa imagen de momia orientalizada, bastó con asomar la nariz por aquí para que esa imagen saltara hecha pedazos y apalizase a la momia con su propio fémur. Por ubicación y por historia Croacia es mediterránea y centroeuropea. Siempre lo ha sido, y cuando los paniaguados de la Unión Europea despierten de la siesta, deberían sellar de una vez su regreso a casa.

Un viaje provechoso pero muy corto y a destiempo: seguramente esta segunda visita debería haber esperado a que la música sonase a mi ritmo y no al suyo particular. Afortunado el hombre que tiene tiempo para esperar, dijo Calderón. No es mi caso, y si lo tuviese tampoco sería afortunado porque la paciencia y yo seguimos sintiendo un desprecio mutuo comparable al que se demostraron Góngora y Quevedo. Con todo, me sorprendería no acabar trotando de nuevo por Croacia más adelante. Hay lugares que llevas encima para siempre, impresos como tatuajes.