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Grecia peninsular

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Atenas, febrero de 2006.
Desde el tugurio que nos sirve de habitación veo un cartel de la cerveza FIX con la frase «FIX, the Greek word for beer» envuelta por una lista de palabras que el griego ha regalado al resto de los idiomas: filosofía, democracia, teatro, gramática... Tampoco faltan otras de menor lustre pero mayor actualidad: demagogia, egolatría, cinismo, hipocresía... Si añadiéramos las moldeadas a partir de sus morfemas (micro, homo, anti, tele...), entonces esa lista, de por sí ya larga, sería interminable porque se renueva a diario. Salvo el cristianismo y la noción de Derecho, prácticamente todo lo que entendemos por civilización occidental procede de Grecia. No de esta Grecia decadente condenada hoy a no ser nada por ayer haberlo sido todo, sino de la Grecia clásica, desaparecida sin dejar herederos.

El castigo que debes sufrir al viajar por Grecia es el de presenciar una lucha entre cerebro y corazón en la que el vencido tiene que morir. El cerebro aniquila los mitos y te lleva al exterior, a ver las cosas tal como son; el corazón aviva los sentimientos y te lleva al interior, a fantasear sobre lo que ya no existe. La realidad te muestra un país decepcionante que vive aferrado a sus ruinas; la imaginación levanta esas ruinas y te muestra un país capaz de entusiasmar a un difunto. Atenas, Corinto, Delfos, Olimpia... ¿contemplar lo poco que son o sumergirse en lo mucho que fueron? Si lo colocas todo en la balanza, prefieres imaginar a Sócrates aleccionando a la plebe en un reconstruido ágora de Atenas o a Fidias tallando la estatua de Zeus Olímpico con la disciplina de un sargento, que observar a la legión de cincuentones que atesta las terrazas en día laborable para tocarse el manubrio durante horas frente a un café turco. Por cierto, ¿de qué vive esa gente?

Este viaje debe ser necesariamente sentimental, de lo contrario acabarías cansado de revisar nombres de un pasado sin presente y piedras que se han venido al suelo, para después componer uno de esos artículos llenos de falsa erudición que citan a Metrodoro de Estratonicea o Alexidame de Metaponto como si tú debieras saber quién cojones son: Grecia es la mejor de las universidades, basta un pequeño recorrido por su territorio para que cualquier indocumentado se doctore en enciclopedismo. Me refiero a que ir a Esparta o a Arcadia carece de sentido si no es para entregarte a la ensoñación, porque sus restos materiales no justifican la visita. Micenas tampoco ofrece mucho más y Delfos es un cuerpo de sillares que se desangra por las laderas del Parnaso, pero como dijo Bécquer, para el soñador suponen poco los estragos del tiempo: lo que no ve lo adivina y lo que ha muerto lo saca del sepulcro.

En el paraje de las Termópilas sólo cuelga el cuadro épico que pintó la historia. Aquel desfiladero que ayudó a encerrar al gigantesco ejército de Jerjes entre el mar y la montaña fue desintegrándose a medida que el Egeo replegaba sus aguas y enviaba la línea de costa a kilómetros de distancia, y ahora su lugar lo ocupa una planicie en donde no hay más que una carretera, un monumento y unas termas de medio pelo. Encuentro necesario un espíritu muy luminoso para abstraerse y ver aquí algo remotamente parecido al legendario paso que bloqueó a los persas, y considero además indispensables una voluntad de hierro y la fantasía más exaltada para sustituir la visión de dos gordinflones exhibiendo barriga en una charca termal por la imagen heroica de Leónidas y sus 300 espartanos. Mi imaginación no da para semejante desborde de creatividad, asumo el fracaso y dejo testimonio de envidia por la mente que pueda conseguirlo.

Trece monasterios se confunden con las columnas de roca que zanjan la monotonía de las llanuras de Tesalia, periferia del mundo helénico. Meteora es un inciso ortodoxo entre tanto nombre de sabor clásico, un conjunto de monasterios que asombra desde el momento en que lo distingues desde la distancia. ¿Cómo pudieron edificarlo sobre pedruscos verticales que en ocasiones ni tienen punto de enlace con el contiguo? ¿Cómo exáctamente, cuando aún hoy el simple acceso supone sortear puentes colgantes y múltiples tramos de rampas y escalones? ¿Cómo coño no creer en la existencia de Dios cuando todo esto parece imposible? No estoy yo muy en armonía con la religión, pero tengo visitadas más iglesias y monasterios que algunos obispos y confío en que el mérito se me valore si ando equivocado y resulta que hay vida tras la muerte. No debe recibir igual trato un ateo corriente que uno con mi bagaje de visitas.

Si Alejandro Magno apareciera por Grecia, ¿qué pensaría de ella? Todo, sin duda, menos que esta Grecia estéril es aquella Grecia imperial que se extendía desde Egipto hasta la India. Quizá se preguntase a dónde han ido a parar los fondos europeos (desde luego no a construir una red de autovías), o simplemente se echase a llorar de resignación al comprobar que la desidia gobierna el país. Pero cuando las oscuridades de la realidad actual pudieran desanimar, conviene recordar siempre que Grecia es Grecia: aquí pateas una piedra y caes aplastado bajo el peso de la capa de historias y leyendas que se te viene encima.