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Islandia

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Reikiavik, junio de 2009.
Recuerdo cuando, hace unos años, nos planteamos este mismo viaje. La idea no se tradujo ni en amago de proyecto, porque Islandia era por entonces un país con pretensiones de rico y precios fuera de proporción. Para financiarlo habríamos tenido que vender hasta la vergüenza, esa desconocida. Pero el manantial de las alegrías prestadas tiende a secarse cuando el prestamista se presenta al cobro, y más que meros indicios me hacen sospechar que una bancarrota enseña mucho sobre los peligros de levitar al borde del precipicio. Aunque la quiebra ha moderado su soberbia, Islandia sigue tan lejos de ser un destino barato como de las playas del continente. A la postre, no puede disimular que es una isla perdida en la inmensidad del Atlántico Norte, y en una isla los precios avanzan a toda máquina.

Al igual que Nueva Zelanda, Islandia pertenece a la cofradía de la Tierra Inacabada. Tierra transitoria, en constante obra de renovación interior. Recorrerla es como adentrarse en el origen de las cosas para contemplar la fragua del mundo. Lenguas glaciares, volcanes y desiertos de lava. Cascadas que fracturan el suelo y fumarolas que lo revientan. Fuego, hielo y seres invisibles que los trabajan sin descanso. Elfos o trols, supongo; ambos oriundos del imaginario nórdico, como tantas criaturas imposibles que sustentan las sagas islandesas. En esta isla todo es provisional: enseguida muere y se convierte en otra cosa igual de efímera. Incluso el clima es cambiante. En cuestión de minutos se pasa del sol a la lluvia y de la calma a un ventarrón del Ártico que congela hasta el entendimiento. Si Heráclito hubiera nacido en esta isla, su «Todo fluye, nada permanece» habría sonado a perogrullada.

«Ni te imaginas las veces que vais a comer en una gasolinera». Me lo dijo una amiga que tiempo atrás anduvo husmeando por la Ring Road. No lo entendí. Tampoco me lo explicó de forma inteligible. Las chicas, tan amigas de exigir explicaciones como enemigas de darlas, son la encarnación del circunloquio. Te cantinflean hasta la explicación más sencilla. También filosofó Heráclito que la armonía es un equilibrio entre opuestos, de modo que pudiera suceder que esa torpeza para concretar las explicaciones, en realidad, contrapese su capacidad para recordar todo lo reprobable que un día hiciste, dijiste o pudiste haber pensado, aunque no lo hicieras. Pero sí, lo que dijo era cierto: en Islandia la gasolinera está para algo más que llenar el depósito o comprar literatura de Garbigune. En un país con tres habitantes por km², cualquier luz en el despoblado es sinónimo de calor humano y civilización.

A semejanza del bar en los pueblos de España (centro de charlas, negocios y chafardeos), la gasolinera cumple aquí, en las áreas más despobladas (casi todas), el papel de taberna, ultramarinos y foro social. La mayoría de las localidades son de vuelo corto, otras cuantas apenas despegan sus pies del suelo y el resto no pasa de ser un cartel con un nombre impreso. Melstadur, Hof, Gilja: un puñado de granjas esparcidas por parajes sin dios ni religión, y sin que nadie pueda adivinar el motivo que llevó a sus dueños a instalarse en los suburbios del vacío. Aglomeraciones y empujones no hay, pero tampoco nada más. Ni lugar donde comer o comprar suministros, ni entidad alguna que siquiera traiga a la mente la imagen de un núcleo de población. Kilómetros de paisaje polar sin que se distinga en el horizonte la presencia de un pueblo. Salvo en Reikiavik, el aislamiento y la soledad espantan. Y se miden en hectáreas.

Reikiavik, Akureyri, Keflavik y demás pequeñas ciudades sólo ejercen de colorido séquito de subalternos que escolta a la naturaleza, personaje principal de esta función. Naturaleza salvaje y desnuda, que retumba o bulle, porque el país esconde más cascadas (Gullfoss, Skógafoss...) que trampas un trilero, tantos glaciares como palabras impronunciables (Vatnajökull, Svínafellsjökull...), y recitar la lista de sus fiordos sería demasiado tedioso para cualquiera que aprecie su salud mental. Sin embargo, esa cáscara de aguas frías y viento helador oculta una caldera subterránea que alimenta a muchos volcanes. Es una especie de Flegetonte, el río de sangre hirviendo en el que penaban las almas de los violentos contra el prójimo —poca soledad habrá allí—. Hielo sobre fuego; cascadas y glaciares sobre canales de lava y barro en ebullición. ¿Cabe mejor ejemplo del equilibrio entre opuestos?

Contrasta el estrépito del agua —que se despeña entre rocas o se dispara hirviendo hacia el cielo— con la ley del silencio que gobierna la estepa islandesa. Paisajes insólitos que hemos encontrado arropados por cielos grises y adulterados por la niebla. El mal tiempo, mientras viajas por donde casi todo es naturaleza, te hace crecer poco a poco, pero no en virtud sino en mala hostia. Es como si a un niño le robaran el verano. Respiras hondo, aceptas que no puedes evitar lo inevitable y disfrutas de las cosas tal como se te ofrecen. No sea que por protestar te ganes otra ventisca.