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Polonia

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Varsovia, mayo de 2007.
Vine a Polonia esperando encontrar un país entregado a la baja, un país interesante pero con ese aspecto desasosegantemente tétrico que ofrecen las salas de un tanatorio. Grave error que si no fuese mío, me daría para cuatro o cinco párrafos de abusos e invectivas contra el responsable, pero dejémoslo correr. La realidad de Polonia es justo la opuesta: parece un Shangri-La en medio de Centroeuropa. O un poema pastoril de corte moderno: ciudades de cuento, espectáculos callejeros y sonrisas. Y las polacas, flaqueza de nuestra naturaleza. Estamos en primavera y me florece el entusiasmo y todo cuanto tienda a la mente ancha, pero es muy poderoso el contraste entre la Polonia de los grises y las prohibiciones con la nueva Polonia de los colores y la paz de espíritu.

Quien tiene por vecino a dos grandes potencias corre el peligro de terminar como dolorido contribuyente, y más cuando carece de fronteras naturales que lo protejan. Si se encaman, buscarán manera de expandirse sobre la finca intermedia; si se encabronan, la utilizarán de ruedo para la trifulca. Durante el siglo XX Polonia fue campo de batalla de intereses por lo general ajenos y patria de millones de muertos. Alemania y la Unión Soviética abrieron la Segunda Guerra Mundial agarrados de la mano y con la avaricia de repartirse lo que no era suyo. Tomaron el trote hacia la divisoria, y mediando un par de semanas, una invadió el suelo polaco por occidente y la otra, por oriente. A los soviéticos les costó bastante devolver lo que robaron en 1939. Tanto, que la mayoría ni lo devolvieron, porque hoy Polonia se contrae a la porción invadida por los nazis incrementada con zonas de la vieja Alemania (Silesia, Pomerania Oriental...) adjudicadas tras la guerra como compensación.

Aquí, lejos de la conciencia de su población consentidora, instalaron los nazis seis de sus siete campos de exterminio. Auschwitz y su inmenso apéndice, Birkenau, producen desazón, pero menos por lo que deberían como por verlos transformados en una suerte de circo turístico. Demasiada gente posando para la foto chorra y paseando entre risas como si estuviera en una verbena. ¿Pero qué cojones? Tampoco contribuye el punto estridente que algunos grupos de judíos ponen con sus megáfonos y transistores a máximo volumen para atraer la atención sobre sí mismos. Cada uno es libre de recordar a sus muertos como le dé la gana. Dicho eso, se me ocurre que lo sustancial de una muerte es la vida que se acaba, no el llanto de los dolientes. Por contra, la visita al degolladero de Majdanek, luego regentado por el gemelo soviético para uso similar, ha sido experiencia más inquietante. Limpio de turistas y en día gris de lluvia, el lugar confiesa toda su podredumbre.

Mientras recorremos estas planicies leo un libro que relata la romería de su autor por el país. Una colección de nimiedades aliñada con tediosas anécdotas personales y fragmentos extraídos de cualquier enciclopedia. El estado actual de la literatura de viajes: páginas llenas de nada. Los escritores han olvidado que escribir, por encima de todo, requiere tener algo que contar, y que el relato de un viaje, por añadidura, obliga a explicar por qué se ha ido a un lugar -y no a otro distinto- y para qué. Pues, oye, ahora viajan sin razón determinante que los motive a visitar un sitio en particular, y van a Mongolia o a Senegal como podrían haber ido a Calahorra, que lo mismo da, porque no persiguen una aventura concreta. Sólo viajan para narrar su viaje, aunque ningún dividendo pueda alguien sacar de su lectura salvo el de desperdiciar el dinero, las horas y hasta la paciencia. El resultado sale a flote: crónicas que aplastarían a un mamut con el peso de su insustancialidad.

La metamorfosis que ha sufrido Polonia en poco más de una década es tan desconcertante como la de Gregor Samsa en insecto. Su pasado cercano, marcado por la sangre y las cadenas, perdura en el presente, pero no en forma de losa trágica que le impida avanzar. Los polacos son supervivientes, y supongo que cuando convives durante tanto tiempo con la adversidad, lo último que quieres es sumergirte en los barrizales del fatalismo. Las calles de Cracovia o Varsovia no se visten de negro al estilo de esas señoras de pueblo que se agazapan detrás de la pena y se arrugan guardando luto por el marido muerto 300 años atrás. Al contrario, han desempolvado la paleta de colores de sus épocas de gloria. Yo no dudaría un segundo en vender como esclavos a la mitad de mis amigos a cambio de un ático en el casco viejo de Gdansk. Y a la otra mitad, a cambio de una casa en los Lagos Mazurianos.

¿Cuántos estudiosos de la vida han elogiado al nazismo o al estalinismo, dos expresiones de lo mismo, en algún momento? Hamsun, Shaw, Celine, Brecht, Neruda..., una lista interminable. Los hay que luego habrían vendido su alma por eliminar del papel sus reverencias, a veces tan dobladas de espinazo que no las mejoraría ni un invertebrado. Otros, por no admitir el error, prefirieron arrancarse de cuajo la dignidad y emborronar la verdad tejiendo esa red de mentiras que identifica a los defensores de las ideologías que fracasan. «Cubríos ese seno que debiera ver», dijo Tartufo, tan jeta como ellos.