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Del Arlanza al Duero

Burgos y Soria

Bilbao, mayo de 2013.
Más de una vez me expuesto al maltrato de los muy exquisitos por afirmar que sería difícil dar con una franja que acumule tantos sitios de interés como la comprendida entre el Arlanza y el Duero. El cañón del río Lobos, Lerma, Covarrubias, Santo Domingo de Silos, Clunia, El Burgo de Osma, Calatañazor, Gormaz... No hay por estos contornos lentejuelas turísticas para deslumbrar a los fáciles, lugares que prometen mucho y luego dan poco, aquí hay atractivos solventes. Si no te gustan, entonces resígnate, porque ni el Todopoderoso puede ya ayudarte. Y tampoco lo haría si pudiera. Es un sector de mitos y leyendas. Piedras que llevan al recuerdo de Fernán González, Almanzor, el Cid y otros que cabalgaron por las páginas de la historia. Y aunque Castilla no nació en ellas, en ellas comenzó a labrarse el prestigio.

Un viaje a la memoria de las cosas que fueron. O, como diría Bécquer, a las edades extraviadas que lentamente prepararon el camino por donde nosotros hemos llegado hasta aquí. Esta demarcación entrerríos ha visto mucho, fue testigo del paso de celtíberos y romanos y también de batallas y heroísmos durante su larga fase como frontera medieval. Épocas desaparecidas, épocas en penumbra o en completa oscuridad por faltar testimonios que las alumbren. Pero tan reales como real es hoy la nuestra y tan golpeadas como mañana lo será la nuestra, porque jamás hubo ni habrá nunca una generación que no crea ser la estación final del recorrido, la meta que las anteriores desearon alcanzar sin conseguirlo. Me temo que todos hemos pensado en algún momento que nos pagaron por nacer y pensamos, siempre, que le podremos al tiempo y nos iremos de la vida cuando nos dé la gana. ¿Por qué no? Estos dos ríos cargan con sus años y todavía respiran.

El Arlanza es la cuna de Fernán González y su Condado de Castilla y Álava, que se extendió del Cantábrico a Somosierra y del río guipuzcoano Urola al asturiano Deva. Litros de tinta van ya escritos sobre ese poderoso condado al que algunos hacen independiente del Reino de León en un debate en donde polemizan desde el primer erudito hasta el último garbancero. Cuentan quienes saben, que si bien operó con autonomía, nunca se desligó de su reino matriz. Enfrente, la visión soberanista asienta el culo en la exuberante fantasía de los juglares, que enmascaran la realidad como las pinturas disimulan el rostro de la fea, apunto robando a Guzmán de Alfarache el remate de la frase. Construir las fábulas sobre fundamentos falsos es inocuo; hacerlo con la historia, irresponsable. Tergiversar la verdad en función de las necesidades del presente sólo sirve para potenciar las embriagueces mesiánicas de los cantamañanas que nos salvan ahogándonos en fanatismo.

Si el Arlanza es el río de mayor raigambre castellana, el Duero es el más ibérico. Si en torno a uno floreció un condado, en torno al otro se desarrollaron tres reinos. Ese carácter ibérico ha inspirado abundante literatura, con frecuencia inmunda. Y además de un lirismo tan desmedido, que pareciera que algún lloroso tuvo por mobiliario molesto a los pueblos de su ribera, estorbos que por lo visto le impedían alcanzar el éxtasis del alma. La poesía es como todo, requiere talento, e incluso quienes lo tienen bordean peligrosamente la línea entre la excelencia y la cursilería. No es jardín para pedantones que enhebran rimas en consonante ni para afectados que darían un ojo por el regreso del monóculo y el remilgo monjil, pero tampoco quiero yo cerrar puertas cuando hay escritores publicados que creen que la sintaxis es la prima de Astérix. Comparto la atracción por los ríos, pero el Duero y el Arlanza despiden olor de historia porque personas la hicieron. Sin ellas sólo serían agua que fluye.

Que se lo digan a esos núcleos aislados y diminutos de la España rural, a menudo tan ricos en buena estampa como pobres en lo demás, que se vacían y van dejando de ser mundo porque todo se puede aceptar menos la imposibilidad para vivir, y el paisaje bucólico alegrará el espíritu, pero ni produce ni da de comer. Pocos alicientes esconden para cualquiera que supere en inquietudes a una maceta. No tengo soluciones, ni siquiera sé si existen. Lo que sé es que el imparable despoblamiento del campo hará que pronto engorden -si aún no lo han hecho- el voluminoso catálogo de Pueblos del silencio, porque están condenados a la extinción. Como Cubillos, que aquí vive su muerte en la nada del páramo. Otros más grandes, o quizá mejor situados, y que pudieron conservar la herencia recibida, sobreviven por el magnetismo que las sombras de los antiguos ejercen en todos nosotros. Ese es hoy su único alimento.

Viajar en BTT te enseña lugares que jamás conocerías viajando de otra manera y además te muestra desde una perspectiva diferente aquellos que ya creías conocer. El ritmo humano del pedaleo te envuelve en una extraña atmósfera de tiempo lento y sin intervalos en donde todo se sucede lento pero encadenado. Ocurren más cosas, se ven más cosas y cualquier cosa es un acontecimiento. Cuesta describirlo. No oculto que se pasan fatigas, ni tampoco que haya momentos en que te ves forzado a acordarte del santoral entero o incluso a ampliarlo con nuevos miembros, pero con buen ánimo, un recorrido bien trazado lo compensa.