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Rioja Alta

La Rioja

Santo Domingo de la Calzada, mayo de 2015.
La Rioja Alta, comarca que dió nombre y origen a la antigua región histórica. Comarca de viñedos, monasterios y pueblos encumbrados. Aunque la tengo al alcance de la mano y la conozco en relativa profundidad, nunca había pedaleado por La Rioja. Ni una sola ruta, señora, ni una sola. Tal vez porque durante un largo ciclo también fue próxima en lo laboral, circunstancia que siempre empuja hacia afuera, a dedicar los momentos de ocio en paisajes menos familiares. La Rioja Alta es la Rioja verde y húmeda, distinta a su equivalente oriental. Una lección que traía bien aprendida pero que el tiempo se ha empeñado en refrescarme. Anubarrado y revuelto, el último día me ha descargado encima un diluvio de esos que no dejan más socorro que el tomártelo por el lado festivo.

Meses atrás el Centro Virtual Cervantes inauguró una exposición que presentaba una muestra de su envidiable colección de libros de viaje por España escritos por autores anglosajones entre 1750 y 1950. Se decía allí que si bien esos escritores apenas visitaron La Rioja, la región podía jactarse de aparecer «mencionada en una de las obras más conocidas de la literatura de viajes sobre el país». Tremendo mérito: aplauso unánime y aclamaciones. La obra en cuestión no era otra que el Manual para viajeros por España y lectores en casa del preclaro Ford, libro del que extraían una frase inane que ilustraba al mundo acerca de la fertilidad de esta tierra y de su abundancia de sotanudos. Puestos a extraer frases, propongo yo la inmortal con la que Ford arranca sus excursiones riojanas: «Esta comarca, desprovista tanto de placer como de interés, puede muy bien ser borrada del mapa de todos los viajeros». Y tanto que La Rioja aparece mencionada, y tanto.

Un ejemplo diáfano del bienquedismo que nos envuelve, pues si alguien hubo que contribuyese a que los extranjeros apenas visitaran La Rioja, fue precisamente Ford. Como su Manual (desde luego nada libre de errores de bulto y apostillas mendaces) ofrecía una visión más realista del país que la del resto de los románticos (ese amasijo de patrañas morunas y estereotipos flamencos que aún sigue haciendo fortuna entre los despistados), se convirtió en la guía de cabecera del guiri durante años. Ford visitó Nájera, Navarrete y Santo Domingo de la Calzada: tampoco es que acabara necesitando un braguero para sostener la hernia. Lo que sí contrajo en sus viajes por España fue la enfermedad del turista: la falsa autoridad. Un simple vistazo le bastaba para penetrar en los entresijos de una comarca y educar en la conveniencia de visitarla. A veces ni eso, y no faltaron lectores que detectaran su afán de enterado y lo acusaran de opinar sobre lugares que no conocía.

Viajar por las áreas rurales siempre me provoca sensaciones contrapuestas que surgen, no del contraste entre pasados gloriosos y presentes anodinos, sino entre presentes moribundos y futuros inexistentes. El porvenir que espera a muchos pueblos escondido tras su imagen idílica es el futuro de ruinas y calles desiertas que se filtra a través de las rendijas de su provisionalidad bucólica. Pueblos bonitos pero vacíos, límpios pero envejecidos. No andan lejos de la sepultura. Corren tiempos urbanitas, pero juzgo de la impresión que los mangoneadores de la política agradecerían la desaparición de los pueblos para ahorrarse molestias burocráticas. Quizá para luego entregarlos como aliciente turístico a esos chorras que van por los despoblados fingiendo un inconsolable dolor mientras se autorretratan con el móvil. El postureo sentimental del llanto impostado: «¡Qué pena, un pueblo abandonado! ¡Mirad cómo sufro, por Dios!», gimen desde lo más hondo de su superficie.

Hace algún tiempo Ridruejo llamó «generador del pueblo» al Camino de Santiago. Hoy lo llamaría «salvador de pueblos», porque intuyo que un alto porcentaje de los municipios que atraviesa estarían muertos o prestos para la extremaunción sin el tráfico de peregrinos que desde los años 90 circulan en masa. Como Grañón, por ejemplo. Para entenderlo sobra con desviarse un metro hasta los pueblos limítrofes, en donde incluso el vuelo de una mosca supone ya un acontecimiento de primer orden. Vecindarios en situación terminal han encontrado en el Camino un asidero para aferrarse a la vida, y otros menos sepulcrales, una amarra que ralentiza o evita el desplome de habitantes. Un mero aplazamiento del inevitable proceso de extinción, probablemente, pero los peregrinos han despejado el horizonte cercano y generado una actividad que sólo existía en el recuerdo de los más viejos. Dudo que se valore lo suficiente.

No se precisa una agudeza especial para adivinar que el vino es el rey en esta comarca de viñedos. Jovellanos, el visitante más ilustre que tuvo durante décadas, escribió en 1801 que «no se ve ya otro cultivo que el de viñas, a uno y otro lado del camino, en las laderas, en los llanos y hasta en las orillas de los ríos». Puede que al ministro se le fuera la mano y abultase la cifra, pero los viñedos son a la Rioja Alta lo que los olivares a Jaén, su enseña y el motor principal de su desarrollo. Los hay a miles, alineados en orden, y cubren tanto espacio, que no existe noticia de viajero poetuelo que no haya intentado colar como suyo el manido símil del mar y las olas.