logo

Gredos

Ávila y Cáceres

El Barco de Ávila, octubre de 2020.
Decía Aub, siempre tan agudo, que las cosas no protestan: se quedan donde las dejas. Pero si las abandonas, nunca se sabe en qué estado te las volverás a encontrar. Tras meses de encierros y prohibiciones —por culpa de un virus de filiación dudosa— recuperamos el libre albedrío, ese bien mayor que nos vimos obligados a abandonar sin saber hasta cuándo. A veces la incertidumbre es la peor de las condenas. Al menos para quienes no pensamos morirnos en la cama de un bostezo. Y nuestro libre albedrío, ¿cómo se encuentra después de todo este tiempo? Igual que entonces. No se ha movido. Aprovechando que las restricciones andan despistadas, retomamos —no sin trabas— el proyecto de recorrer las vertientes de la sierra de Gredos. Que no haya larga penitencia sin fruto.

Siendo yo viajero de la máxima garantía, me adorna la costumbre de profundizar en las honduras de ciertos lugares hasta límites rayanos en la demencia. El camino del Puerto del Pico, por ejemplo. Enredando entre lecturas descubro que este camino, considerado calzada romana desde antiguo, podría tener raíces más superficiales. Moreno Gallo, experto en ingeniería antigua, no sólo duda sino que niega su romanidad. Asegura que es una senda ganadera del siglo XIX. No son endebles sus argumentos. Al contrario, resultan difíciles de rebatir porque los sustenta la lógica: no hay carro, ni siquiera moderno, que pueda subir estas pendientes empedradas; y bajarlas sin despeñarse, menos aún. Es propia de las épocas decadentes la manía de antedatar las cosas a un periodo que se juzga más glorioso. Son como los ceros, que no teniendo valor por sí mismos, lo reciben de la cifra que les precede.

Nada desmiente tanto la pesadumbre cotidiana como la tranquilidad que trae consigo la vida errante. Saca al espíritu de la rutina que lo eclipsa. He notado que, en el caso de Gredos, pasear por sus confines aviva en los escritores no sólo el espíritu, sino también la pasión por la lírica. Principalmente a los españoles, quizá porque al Sistema Central se le llamaba Cordillera Carpetovetónica hasta hace apenas unas décadas. Quede claro que no les critico el fervor poético, aunque sí la circunstancia ya habitual de que, salvo excepciones, todos se movieran por los mismos sitios como si no hubiera otros. Desde el alto de la Peña del Rayo, la visión del Circo de Gredos —su musa inspiradora— es de las que prolongan su estancia en la memoria. El Almanzor y las cumbres que lo custodian se ofrecen a la vista como un graderío natural frente a la Laguna Grande. Belleza desnuda, sin postizos exóticos.

Ya señalaban los pioneros en sus crónicas que las vertientes de Gredos presentan una «acentuada asimetría». Por el norte, las laderas ascienden con suavidad, incluso amabilidad, hasta alcanzar la crestería del Circo; por el sur, las montañas se levantan con brusquedad formando un parapeto que parece infranqueable. Dado que hoy caminamos poco, conceptos como la altitud nos resultan extraños, pero entre las parameras del norte y los valles del sur hay más de mil metros de desnivel. No es la única diferencia. Al sur, las vegas de frutales y los robledales; al norte, los pinares y las mesetas peladas. Al sur, el ajetreo de los núcleos más populosos; al norte, la soledad de los pueblos dispersos. Entre ambas vertientes, sólo riscos y despeñaderos. Tal es la diferencia que, en tiempo de antaño, alguien creyó ingenioso denominar «la Andalucía de Ávila» al Valle del Tiétar, extremo meridional de la provincia.

El Valle del Tiétar y La Vera tienen su divisoria en la Garganta de Alardos, que nace en las cimas de Gredos. Como cada cual tiene sus gustos, declaro el mío por La Vera. Sin ánimo de imponérselo a nadie, desde luego. Hoy las sensibilidades vuelan finas y nunca falta quien se dé por ofendido. Pocas tierras tan favorecidas por la naturaleza como las de la Alta Extremadura. Esta comarca «se ha reputado siempre por uno de los territorios más deliciosos que tiene España, y algunos añaden que Europa». Lo escribió Ponz, otro viajero de la máxima garantía, en una época en que se viajaba por obligación, no por placer. Si Ponz la elogió cuando hasta encontrar posada y fonda suponía un triunfo, será que vio atractivos que compensaban sobradamente los inconvenientes. También debió de verlos el emperador Carlos V dos siglos antes, pues aquí decidió retirarse a esperar la paz del cementerio.

Así como el origen del coronavirus es controvertido, otro tanto ocurre con la cuna del caudillo lusitano Viriato. No escasean los lugares —en España y Portugal— que se lo disputan como hijo de la tierra, acaso con el propósito de arrogarse alguna ligazón hereditaria con sus hazañas. Entre ellos, Guijo de Santa Bárbara, reducido pueblo que yace en las estribaciones de esta sierra. Yo lo tendría por oriundo de Gredos. Y no porque disponga de datos para alumbrar la incógnita —confieso que no sé una palabra sobre el particular—, sino porque tiene todo cuanto puede exigir la mente de un guerrillero.