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Corea del Sur

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Seúl, octubre de 2024.
¿Cuánto es demasiado? Corea del Sur me ha traído a la memoria la vieja paradoja del montón, aunque en sentido inverso. Si el griego que la propuso —cuyo nombre ahora se me escapa— se preguntaba en qué momento un montón de arena deja de serlo al quitarle un grano tras otro, aquí me planteo lo contrario: cuándo una restauración cruza la línea y se convierte en reconstrucción. Y si se atraviesa la frontera —sin duda difusa, pero real— que separa ambos conceptos para penetrar en el otro lado, ¿puede seguir hablándose de restauración sin faltar a la verdad? Si existe una línea divisoria, es porque se trata de cosas distintas. No quisiera aparentar un dominio que no tengo de la lengua de estas buenas gentes, pero sospecho que antiguo y nuevo tampoco son sinónimos en coreano.


Vaya por delante que no pretendo ensañarme con la autenticidad escenificada de la que uno es testigo —o víctima, según el caso— cuando recorre Corea. Se entenderá que, a estas alturas, ya me he dado de bruces con ella, aunque nunca de forma tan generalizada y sistemática como aquí. Tampoco olvido que la mentalidad oriental y su escala de valores difieren de las nuestras: en Europa, cualquier restauración que se acerque siquiera a la línea de no retorno carga con el estigma de fraude histórico a perpetuidad. Nosotros veneramos las piedras y las ruinas por lo que tienen de verdad histórica incorruptible. Sin embargo, en esta parte del mundo, más que restaurar lo poco que sobrevive, reconstruyen lo mucho que desapareció. Y lo hacen a gran escala y con naturalidad. Supongo que para ellos lo importante es devolver los lugares a la vida, no que sean originales. La forma por encima de la materia.


Pero también hay semejanzas, pues entre las virtudes de la globalización figura la de haber universalizado todos los defectos. El peor de ellos nos devuelve directamente a la paradoja del montón: la vaguedad. No la vaguedad de los conceptos, sino la de los datos: esa calculada ambigüedad con que se juega para que el visitante tome por antiguos edificios que no lo son. Es como la letra pequeña de un contrato: se entrega la información, pero no se vocea, se masculla. Mentir es cosa de niños; a los adultos nos basta con ocultar la verdad. Puede verse en Mérida, en Éfeso, en Quito, en China..., pero en ninguna parte con tanto entusiasmo como en Corea. A veces la reconstrucción es tan convincente que el turista no sabe si creer a sus ojos o a la razón, que le susurra lo improbable de lo que tiene delante. El paso del tiempo nunca es amable. Al menos, no lo suficiente como para que quinientos años aparenten cincuenta.


Tampoco las invasiones y las guerras suelen favorecer la conservación del patrimonio. Si nos ceñimos a esta península, ninguna época lo demuestra mejor que el siglo XX. Tras la ocupación japonesa y la posterior guerra civil, Corea quedó huérfana de patrimonio y de símbolos de identidad. Quizá esa falta de símbolos justifique su ansia por reconstruirlos. Carecer de ellos no es un detalle menor: genera un vacío identitario que condiciona la forma en que un colectivo se percibe a sí mismo. En cualquier caso, no deja de impresionar que un país devastado en la década de 1950 haya alcanzado su nivel de desarrollo actual. De la miseria agraria a la cima tecnológica en setenta años, ahí es nada. Y sin más frontera terrestre que un pariente de personalidad inestable. Hay quienes partieron de situaciones mucho más ventajosas y aún culpan de su atraso a la herencia recibida hace dos siglos. Omitiré sus nombres por no ofender.


Ya que estamos en el capítulo de las flores, sigamos con las alabanzas. Pocos éxitos de la globalización se antojan mayores que esta suerte de hipnosis colectiva que mantiene a millones de personas con la vista clavada en la pantalla de un móvil. Durante horas y horas, sin que importe el contenido. Según Séneca, en el mundo hay tres tipos de personas: los vivos, los muertos y los no vivos; que son aquellos que, sin estar muertos, tampoco viven porque pasan por la vida como espectadores. Admito que el teléfono ya me molestaba cuando estaba atornillado a la pared, y va de suyo que nuestra relación ha empeorado desde que algún desgraciado decidió darle carácter itinerante. Pero no tengo noticias de que llame por sí solo ni cuente sus andanzas a los demás en tiempo real. Al paso que vamos, no me sorprendería que el ser humano acabara desarrollando la misma mano que tenían los Madelman.


Corea del Sur me ha dejado neutral, como respondía el Licenciado Vidriera cuando le preguntaban por su estado de ánimo. La curiosidad inicial ha ido cediendo paso a la indiferencia con el correr de los días. Las grandes urbes son un inmenso centro comercial que nunca cierra; los pueblos y ciudades pequeñas arrastran ese aire insípido y sin carácter de lo recién construido. ¿Cuánto es demasiado? Depende de quién lo mida. Demasiado, al igual que demasiado poco, es cuando uno lo siente así. Podría decirse que nuestro viaje ha sido como el parto de los montes. ¿Esto es todo?