
Tokio, marzo de 2017.
En esta época de miseria lo distinto escasea más que nunca. Los lugares se van pareciendo y a simple vista no sabrías si estás en Estocolmo o en Barbate. Pero cuando creías que el huracán estandarizador —que todo lo transforma en el calco de otro calco— había arrasado los colores del mundo, llegas a Japón. Entonces tu conocimiento de las cosas se revela al instante como en realidad es: imperfecto. Y no estoy hablando de una de esas aldeas de la Amazonía que reciben al pardillo del censo con una lluvia de flechas. No, Japón es un país de este siglo y, además, avanzadilla del progreso. Sin embargo, de algún modo se ha mantenido firme frente al ataque de la fotocopiadora y ha modelado una sociedad única que concilia lo nuevo con lo viejo sin renunciar a nada.
Japón es un país admirable, un oasis de la evolución donde saben que conservar las tradiciones y respetar el pasado no convierte a las personas en cavernarias ni a las sociedades en decrépitas; las convierte en civilizadas. Se nos ofrece a los involutivos como patrón para construir la sociedad a la que deberíamos aspirar, aunque sólo fuera como hipótesis de trabajo. Claro que en Europa —y en cualquier parte— sería más quimera que hipótesis, porque creemos haber inventado hasta el aire y no reconocemos otro maestro que el cipote que nos cuelga del ego. Abortaríamos la iniciativa. Comparadas con el código de conducta japonés, las cualidades universales salen mal paradas: aquí el respeto y el orden parecen descortesía y caos. Ese código resulta abrumador durante los primeros días de estancia —en los que deambulas atropellado y atropellando—, pero si te adaptas con rapidez a lo malo, más aún a lo bueno.
Qué decir de la productividad de estas buenas gentes, que para arañar minutos al tiempo quizá coman mientras se duchen y se duchen mientras duerman. Te levantan una isla artificial en Tokio u Osaka mientras tú parpadeas, hazaña insólita a nuestros ojos acostumbrados a obras públicas que se dilatan como el mercurio. Japón no se parece a nada. Es difícil entenderlo con claridad de ideas en una sola visita. Todo aquello que se aparta de los rectos escalones de la norma combina múltiples naturalezas en su personalidad, algunas en apariencia incoherentes o contradictorias entre sí. Te exige bucear con voluntad de saber para conocer, no de saber para contar. Y de poco vale la observación cuando a cada paso te despista el encanto de la novedad: chicas en kimono, artesanos a la faena, frikis... Demasiado complejo para pretender descifrar sus enigmas flotando en la superficie.
Las objeciones más contundentes que se le pueden hacer son sus rasgos de carácter negativo. Jubilados que completan su pensión a fuerza de estirar la actividad laboral con oficios penosos o impropios de la edad, a veces tan esperpénticos que incluso a Valle-Inclán le habría costado imaginarlos. O el virus depresivo que enferma a su población de apatía y soledad y amenaza con dinamitar la tasa de natalidad. Como escribió Papini, la vida, para ser soportable, debe vivirse con intensidad. Y no parece muy apasionante si consiste en recluirse a verla pasar a través de una pantalla mientras esperas a que ella sola se rescate de su abandono. Así, lo único que consigues es hacer del funeral el día más intenso de tu vida. No se trata de vivir muchos años, sino de vivir para algo, y casi nada suele ocurrir si tú no lo provocas. Mejor ejercer de actor, aun torpe, que de excelente espectador.
Males de origen urbano, desde luego, y en Japón la franja urbana corre de norte a sur sin transición, sin permitirte distinguir dónde termina una ciudad y dónde empieza la siguiente. Las grandes engullen a las pequeñas, las hacen suyas aunque administrativamente no lo sean. Tokio, con sus tribus agrupadas en barrios y su futurismo de acero y luz, es una megaurbe que sin embargo se comprueba poco hostil. Una organizada anarquía de mercantilismo y aglomeraciones en la que cabe cualquier persona, cualquier cosa, cualquier tendencia, por disparatadas que se antojen. Ahora bien, en el improbable supuesto de que yo hubiera de elegir, me quedaría sin dudarlo con Kioto, que fue pareja de Hiroshima hasta que la sustituyeron por Nagasaki. Los necios pregonan que es fea, y otros más despiertos, que su belleza tradicional se encuentra oculta en espera de que la descubras. Los virtuosos, en cambio, la encontramos en cada uno de sus rincones.
Tan pronto como empiezas a viajar se impone la evidencia de que debes resignarte a no verlo todo. Y no porque el tiempo no alcance y te obligue a echar por atajos, sino porque es inviable. Lo tengo asumido, pero nunca deja de molestar cuando viajo más allá de La Avanzada. O sea, siempre. En una estación de clima amable nos habríamos movido por el Japón rural durante algunos días más, y habría sido un acompañamiento perfecto para su entramado de urbes capaces de asustar incluso a los que ya vienen asustados de nacimiento. Nos ha faltado ese detalle para atar con una bonita lazada un recorrido redondo.