

Desde hace décadas, Letonia y Lituania han recibido el mismo trato que las feas que acompañan a la guapa: solo se las saluda para quedar bien con la compañía que tienen a su lado. Naturalmente, la guapa es Estonia. Si muchos pisaron suelo letón o lituano fue por mera proximidad, a menudo en esas rutas surrealistas en las que se atraviesan tres países en siete días. Porque atravesarlos es lo único que cabe hacer en una semana; visitarlos requiere un poco más de tiempo. Pese al sambenito de gregarios que arrastran, los dos merecen un viaje al margen del vecino del norte. Su pasado lejano es distinto, pero en el cercano mantienen vínculos de estrecho parentesco. Ambos surgieron como países independientes tras la Primera Guerra Mundial al escindirse del Imperio ruso, y ambos fueron sojuzgados por la Unión Soviética tras la Segunda. Nada hermana tanto como verse obligado a soportar cincuenta años de comunismo.
Hay en estos horizontes del mar Báltico una belleza triste y silenciosa, como la de esas personas que guardan para sí una biografía atormentada, una existencia aguijoneada por la tragedia. Son paisajes que hablan sin pronunciar palabra e invitan a refugiarse en la introspección, a replegarse dentro de uno mismo. Pero no para abandonarse a la ensoñación estéril, sino para meditar sobre la condición humana y sus siempre molestas incertidumbres. Nadie está exento de sentir el amargor de la realidad. Dicen aquí que el Báltico no es un mar alegre. Es un espejo gris donde estas gentes ven reflejado todo lo que perdieron y todo lo que tuvieron que callar para sobrevivir. Lo encuentro comprensible y natural, pero no deja de ser la inveterada e injusta atribución de culpas a quien sólo fue testigo. A veces los testigos, aunque mudos, también resultan incómodos para las víctimas.
Según el poeta lituano Venclova, la historia de los países bálticos es una constante lección de «geografía trágica». Su colega Milosz manejaba un concepto similar en Polonia: el de la «ubicación maldita», la idea de que un país situado entre grandes potencias y sin barreras naturales está condenado a padecer una secuencia casi ininterrumpida de invasiones, ocupaciones y deportaciones. Aunque ambos escritores describen con precisión cómo la geografía determina e incluso violenta la historia de los individuos, difieren notablemente en su enfoque filosófico y en la respuesta que exige esa situación. Comparten diagnóstico, pero no tratamiento. Mientras que para el polaco no hay otro remedio que sobrellevar el fatalismo de una enfermedad sin cura, para el lituano el problema reclama una respuesta moral, no psicológica, porque cuando el territorio físico es arrebatado, sólo la dignidad moral permanece. La conciencia es lo único que no puede ser invadido.
Frente a los hechos del pasado, las impresiones del presente: hoy, en estos dos países, todavía parece posible aspirar a una vida sin estridencias y razonablemente apacible; una aspiración modesta que la degradación de nuestro tiempo está convirtiendo en hazaña. Venclova señalaba, como una de las principales causas de sus desgracias, que los países del Báltico vivían «en los márgenes» de la identidad occidental. Ahora, sin embargo, encontrarse lejos de cualquier epicentro supuestamente civilizatorio se me revela como una ventaja digna de ser preservada. Los márgenes son el último refugio de la cordura, del sentido común y hasta de la propia identidad occidental. El progreso siempre es lento y se conquista por escalones; el retroceso, en cambio, se desploma y no conoce fondo. Por el camino que vamos, llegará el día en que despertaremos y sólo habrá cenizas a nuestro alrededor.
Con Letonia y Lituania he tenido la sensación de regresar a la Polonia de hace veinte años, un país con el que comparten infortunios históricos y geografía: inmensas llanuras sin principio ni final, grandes ríos navegables y tierras tan bajas como vulnerables. Y también una atmósfera que mi imaginación asocia a los cuentos de Andersen: bosques, arquitectura de madera y castillos palaciegos. En la extremidad nororiental de este continente caduco, que se desmorona a paso ligero, se encuentran dos países nuevos que ofrecen más de lo que uno esperaba recibir.