


¿Qué habría pasado si aquellos relatos de aventuras no hubieran caído en mis manos? Algo similar a lo que habría ocurrido si, en lugar de leerlos, hubieran recibido mi desprecio: cosas distintas, quizá opuestas. Hay quienes aseguran que la vida de una persona puede cambiar de dirección tras escuchar un comentario fortuito. Lo dudo; olvidan que no es el comentario, sino las decisiones posteriores las que modifican un rumbo. O lo mantienen, porque los espíritus recalcitrantes no lo alterarían ni aunque Jesucristo les desvelara los misterios de la existencia. Lo cierto es que la vida suele tener menos de azar que de elección. Además, el objetivo nunca es saber; es aplicar lo que se aprende. De otro modo, es conocimiento inútil. Si pudiera comenzar mi vida de nuevo, recorrería el mismo camino sin dudarlo, pero evitaría los callejones sin salida y los jardines que ocultaban zarzales.
Los Andes me preceden, no sólo por estar aquí mucho antes que yo, sino por estar en mí antes incluso de poner un pie en ellos. Se arraigaron en las despreocupadas horas de la adolescencia. Ahí permanecen, discretos, sin avasallar. Y me siguen, porque su presencia no se agota en el viaje: me escoltan en silencio por caminos a veces extraños y no siempre cómodos. Su grandeza no se reduce al asombro que provocan sus paisajes desnudos, sus inhóspitas alturas o los rescoldos de sus antiguas civilizaciones. No: es algo más profundo. Sus montes y altiplanos apenas representan una pequeña fracción territorial del continente, pero en nuestro imaginario asociamos a esta cordillera la idea entera de Sudamérica. Es comprensible, los Andes son su espinazo cultural. Sin ellos se desmoronaría como un edificio sin cimientos. Sin ellos sería otra Atlántida reposando en el fondo de las aguas.
La primera impresión que producen estos pueblos es de pobreza —en ocasiones extrema— y de dificultad para vivir. No es una apreciación literaria: el sol acartona los rostros y el frío es despiadado, y la economía apenas les alcanza para subsistir. Sin embargo, se presentan con una decencia sin adornos. Esa estrechez no es sólo económica: escasean las tierras fértiles, los servicios básicos y las oportunidades para prosperar. No todo es Cuzco en los Andes. El éxodo campesino hacia Lima, El Alto o Antofagasta avanza sin pausa. Los más jóvenes se marchan y, al hacerlo, aceleran el envejecimiento y la despoblación de los lugares que abandonan. Los condenan a muerte para poder vivir. ¿Quién los culpa? Dejan un mundo que consideran inhabitable. Desde lejos, la ciudad promete mucho, pero es cicatera: da poco y sólo a los más cualificados. Los demás cambian la pobreza rural por la miseria urbana, y añaden el castigo del desarraigo.
No es mi generación una de las más sufridas. En contraste con las anteriores, me refiero. Comparada con las siguientes —que desconocen la ausencia de todo— parecemos hijos de la escasez. En el improbable supuesto de que alguno de ellos leyera estas crónicas, no estoy seguro de que entendiera al instante por qué los Andes eran tan inalcanzables como la constelación de Andrómeda. Hoy, con el pretexto de adquirir formación, cualquier imberbe consigue sin despeinarse que sus padres le costeen un curso intensivo de un mes en Alpha Centauri. Pero si allá en las etapas iniciales de la juventud, les hubiéramos pedido a los nuestros que nos pagaran un viaje de una semana a Bolivia (o a cualquier otra parte), sus carcajadas se habrían oído hasta en Potosí. Y así como los pueblos andinos sobrellevan sus carencias con decoro, nosotros descansábamos de las nuestras con los libros, imaginando aventuras.
Cieza de León, al narrar la travesía de Almagro, equipara el frío andino con el calor del infierno. En uno los cuerpos arden sin fin, en el otro se congelan sin remedio. Tal era la violencia del frío que algunos amanecían helados junto con sus caballos, con las riendas todavía en la mano. Muertos que parecían vivos. Fernández de Oviedo, otro cronista de la misma expedición, añade al frío los «vientos que de continuo allí se recrean». Pero el cuadro del tormento sigue incompleto: nunca supieron que avanzaban suspendidos por alturas superiores a los 3.000 metros. Y, aun así, extremaron la osadía.