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La Campiña

Jaén y Córdoba

Jaén, mayo de 2026.
Si tomáramos por imposible todo lo que hoy se juzga irrealizable, casi nada sería posible. Hasta madrugar alcanzaría la categoría de quimera. Imposible es desayunar ayer. Confundimos la imposibilidad con la dificultad, con la contrariedad e incluso con la incomodidad. De esas confusiones deriva buena parte de nuestro desasosiego. Un viajero decimonónico escribió que sería «tarea ímproba, acaso imposible, contar todos los olivos de esta región». Hipérboles aparte, no andaba desencaminado. Ningún rasgo define más honda y extensamente la Campiña que sus olivares. No sorprende su presencia, sino su desmesura. Pero responde a su condición de tierra aceitunera: los lugareños encuentran natural la extensión de sus olivares. Sólo a los ajenos nos parece desproporcionada.


Razonar con el sentimiento y sentir con la razón: he ahí uno de los grandes males que aquejan a nuestra época. La razón recibe el desdén que se reserva para todo aquello que no festeje el presente reinado del sentimiento. Su querencia por la realidad es un estorbo que impide pasear alegremente por los abismos del desbarre. Hoy la razón ofende y se la prefiere muda. No ya desdeñada, proscrita. Hace poco, un ingeniero tuvo el descaro de afirmar que, en su opinión, el puente romano de Córdoba es más bien renacentista. En cuestión de minutos, una cohorte de damnificados sin causa lo acusó de despreciar a la ciudad y clamó por su inmediato destierro a Chafarinas. ¿Rebatieron sus argumentos? Ni los escucharon. Dominados por el impulso sentimental, razonaron con lo que no fue hecho para razonar. La naturaleza del sentimiento es otra. Como advirtió Pessoa, si el corazón pudiese pensar, se pararía.


Cuando la razón irrumpe en el territorio del sentimiento, el malestar aflora. No está adaptada al oficio que pretende usurpar: el sentimiento no se rige por las mismas leyes. Es el resultado de la sensibilidad puesta en movimiento, no la conclusión de un análisis lógico. Sólo un insensato contempla la estampa del Viaducto del Guadajoz y sopesa los datos para decidir qué emoción debe provocarle. Admito que es una caricatura para ilustrar la reflexión, pero los riesgos de sentir con la razón rara vez son tan inocuos. Cada día es más frecuente que la reacción emocional ante ciertos hechos se repliegue a la espera de que alguien —un ajeno— escudriñe la biografía de los involucrados. El sentimiento queda en suspenso hasta que una racionalización previa autorice qué debe sentirse. Me pregunto si el cinismo rampante no será tanto fruto de las nuevas generaciones como de la extensión de viejos hábitos.


Así como ojos y oídos no compiten, tampoco compiten razón y sentimiento. ¿Acaso se puede oír con los ojos? Esa misma nada se obtiene al sentir con la razón y razonar con el sentimiento. Cada facultad tiene su propia función: ninguna está ahí por error de diseño. Cuando se les impide ejercerla para exigirles otra distinta, comienza el desorden y sobreviene el caos. Desorden interior y exterior, porque lo que bulle dentro nunca se resigna a permanecer enclaustrado. Siempre sale. Y lo hace con insolencia y desmesura. Sin embargo, hay una cierta tendencia a confundir desmesura con efervescencia. No. Desmesura significa desproporción, falta de medida. Quizá el desbordamiento resulte más llamativo en una sociedad dominada por la desidia y la apatía, pero el marasmo emocional es igual de excesivo, o incluso más. Todos reconocen la falta de medida cuando grita. Muy pocos cuando calla.


Cuentan los antiguos que en Delfos tres inscripciones proverbiales recibían al visitante. Una de ellas sentenciaba: «Nada en demasía». No defendían los griegos la tibieza ni la mediocridad, sino la necesidad de disciplinar los excesos. El rigor desmedido degenera en tiranía; la piedad desmedida, en impunidad. Tampoco es casual que estuvieran en el templo consagrado a Apolo, dios de la luz y de la norma. Dicho de otra manera, del orden que preserva la medida y garantiza que todo cumpla su función. Estos olivares tan convenientemente alineados no los diseñó el azar: cada olivo está en el lugar adecuado para dar sus frutos. Su imagen es elocuencia muda. Sin embargo, la vida en sociedad, aunque conveniente, acostumbra a alterar ese orden con sus propios desajustes. Sus ruidos y caprichos. Es un enemigo recalcitrante y correoso que siempre encuentra la forma de vencer cuando se baja la guardia.


Todo lo valioso necesita ser cuidado y, llegado el caso, defendido portando un hacha que disuada a los alborotadores. Y si la exhibición no basta, sin duda el uso los educará. Entre tanto desorden, uno debe levantar su propia aldea gala como perímetro de protección. A falta de poción mágica y ante un adversario que nunca claudica, la disciplina debe proporcionar lo que la fuerza no puede. No hay más arma que oponer ni otro aliado al que acudir. El orden no es complaciente con la veleidad y la barahúnda, y quienes se lo trabajan, mucho menos.