Benidorm, marzo de 2025.
Sólo admitiendo la existencia de algún trastorno que nos impulse a saber puede entenderse que algunos sintamos la necesidad de viajar. Saber por el puro placer de saber. No es un conocimiento instrumental; no persigue recompensas. Tampoco busca halagar la vanidad intelectual; no aspira a acumular más sabiduría que una biblioteca. Nos mueve el asombro, la curiosidad y el afán de comprender. Viajar es la consecuencia natural. Cualquier minucia puede detonarlo: una frase, una imagen, un comentario. Incluso algo tan insustancial como el lema de una campaña publicitaria. Y ni siquiera mencionaba Alicante: «Maestrazgo, tu destino de interior». Así nació la idea —estrambótica en su gestación, no lo niego— de explorar el interior de una provincia famosa precisamente por sus playas.
La distancia no determina nuestro interés por un lugar. Muy al contrario: la cercanía es un privilegio que aprovechar, no un defecto por corregir. La chavalería replica que eso es fácil de decir cuando ya se cuenta con un historial de viajes a la espalda. Ven ambas opciones como términos excluyentes, pero ningún país ha cerrado sus puertas a nadie por sospechoso de haber visitado su propia provincia. Desasosiegos de la primera juventud. Ellos echan en falta un pasaporte repleto de sellos y nosotros echamos de menos viajar sin la molesta carga de una mente adulta. Vaya lo uno por lo otro. Además, no se puede presumir de aventurero intrépido a la vuelta de un recorrido por Alicante. Aunque sea en bici. Demasiado cerca para fabular con exotismos. Vivimos tiempos en que se mira con condescendencia a quien jamás ha tomado un vuelo transoceánico. En el historial viste más una aldea ignota de Indonesia que Villena y Biar.
Hace apenas diez años, la simple mención de planear un viaje en bici provocaba idéntico semblante de estupor compasivo. Afilaban su ojo suspicaz y encontraban en ti a un personaje de Verano Azul. De nada servía explicar la diferencia entre atravesar pedregales por el monte y dejarse caer hasta la playa. Lo obvio siempre se vuelve incomprensible cuando contradice un prejuicio. Una década parece haber enseñado al mundo entero las ventajas del pedaleo. Y a las hidras administrativas, no las bondades del turismo campestre, sino la posibilidad de alardear de virtudes que no poseen. Inauguran antiguos caminos de herradura como si desplazarse por ellos fuese una idea genial que a nadie antes se le hubiera ocurrido. Hasta cañadas de ganado centenarias nos venden como itinerario inédito. Quizá algunos seamos heterodoxos, pero no estábamos tan faltos de cordura como se pensaba.
Sin embargo, nosotros nunca nos amoldamos a rutas ajenas: es la ruta la que debe adaptarse a nuestra curiosidad. Cuando existe un propósito, todo se pone a su servicio. Con mayor razón el recorrido. No menospreciamos las aventuras del prójimo; antes bien, suelen servir de inspiración para las propias. Si alguno de sus tramos encaja con nuestro proyecto, lo requisamos sin miramientos. Trazar una ruta por zonas desconocidas ya exige esfuerzo suficiente como para aumentarlo desdeñando obsequios. Tampoco nos ofendemos cuando nos hurtan: aunque filibusteros, somos civilizados. Diseñar un viaje en bici evitando el asfalto no es hazaña merecedora de mármol y frontispicio, pero entraña cierta complejidad. La mayor de todas estriba en la dificultad —no pocas veces imposibilidad— de recabar información fiable sobre los senderos. Detrás de esas bonitas rayas en los mapas, a menudo acecha una barranquera intransitable.
¿Qué hay al otro lado de los montes que resguardan las playas de Alicante? Pueblos encastillados, valles profundos y más montes. ¿Cómo son sus sierras? Abruptas, ásperas y salpicadas de barrancos. ¿Qué protegían todos estos castillos roqueros? Las fronteras naturales y los pasos problemáticos. ¿Por qué sucumbió el tren Chicharra? Principalmente porque perdió su batalla contra el coche, el camión y el autobús. Nuestros viajes nacen para dar respuesta a las preguntas que nosotros mismos nos hacemos. Satisfacemos nuestra curiosidad. Ese es su principal beneficio. De ahí su afinidad con el ritmo humano del pedaleo, actividad estoica que tampoco codicia recompensas. No viajamos en bici por obligación ni por ignorar que el coche es mucho más rápido y descansado. La bici es una maestra severa. Con ella se aprende que la verdadera distancia no se mide en kilómetros.
Por boca de Don Quijote dejó escrito Cervantes que «en esto que llaman aventuras» hay que «meter las manos hasta los codos». Hace falta atrevimiento, cierta disposición a la incertidumbre y el mínimo deseo de conocer nuevas tierras. Pero, por encima de todo, un motivo que justifique el viaje. Una razón que explique la elección de ese lugar y no cualquier otro. Lejos de mi intención despreciar los atractivos de Madagascar, pero quizá no sea el destino adecuado si se pretende explorar la sierra del Maigmó. Cuando un viaje está subordinado a un propósito, los lugares dejan de ser intercambiables.