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Bolivia

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La Paz, noviembre de 2015.
Tres años seguidos sin salir al extranjero… quién lo iba a decir. La falta de días libres y la necesidad de exprimirlos casan mal con los viajes en avión. Esperas, retrasos, anulaciones; huelgas de unos y huelgas de otros. Mejor disfrutar del placer de la cercanía. Tres años aguantando groserías —«deja ya la puta bici»— y acusaciones de gravedad extrema, alguna incluso inmerecida. Se me ha silbado mucho y no lo voy a olvidar. En cualquier caso, era un buen momento para volver a ensanchar el mundo. A pesar de que la duda me hizo renegar —fugazmente— de mi mentalidad positiva, no había por qué preocuparse: aterrizamos en Bolivia sin pegas. Eso sí, tres días después de haber salido de casa y tras gozarlos en el paraíso de los vuelos anulados, las demoras y la pérdida de conexiones.

Nada como llegar a destino y verte obligado a rehacer el itinerario. Lejos queda aquella época en que entrabas en un aeropuerto y te sentabas a contemplar al ajeno. Observabas sus gestos y miradas y, con el lenguaje de su cuerpo, tejías una imagen mental de sus circunstancias. Hoy los aeropuertos son un espectáculo mortificante en el que la vida se te escurre entre controles y traslados, y lo único que ves son caras que no apartan la vista del móvil. Pero sírvanos de estímulo que, de momento, no nos obliguen a superar un examen rectal. Rezo para que no lleguemos a verlo. Tienen su parte inspiradora, sin duda, hasta el punto de que me estoy planteando dedicar el próximo viaje a explorar los calabozos de este gulag posmoderno: circunvalar el globo sin salir del aeropuerto. El mundo en tránsito, titularía el relato. Tantas son las incertidumbres sobre su desenlace que podrías terminar en Bielorrusia cuando pretendías ir a Salamanca.

Quizá por eso me viene a la mente que todo cuanto impulsa la vida hacia adelante nace de la necesidad, del anhelo de convertir en hechos aquello que configura nuestra personalidad. Sea cual sea el sueño, el deseo o la aspiración que nos motive, solo podrá hacerse realidad si actuamos. Naturalmente, nunca son tan favorables las circunstancias para la acción como lo son para la inacción; pero si algo envidiamos en los demás no es su personalidad, sino los hechos que la revelan. A menudo actuar supone afrontar carencias: de medios, de conocimientos, de información y hasta de compañía. Esa necesidad de ser lo que uno es nos empuja a avanzar pese a los obstáculos, sin garantía de acierto. Por el contrario, la inmovilidad, aunque más cómoda, nos impone el mismo castigo que devora al teniente Drogo en El desierto de los tártaros: esperar indefinidamente un momento que no sabemos cuándo llegará, o siquiera si lo hará.

Hace dieciocho años de la aventura por las Américas que me trajo hasta aquí, de modo que era inevitable meditar sobre aquella reflexión de Heráclito —la de los ríos y las almas—: se tienen tantas vidas como respiraciones, todas nuevas y distintas de las anteriores. O algo parecido, porque el tipo era un retorcido al que no llamaban el Oscuro por vestir de negro. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas desde entonces, aunque quiero creer que lo esencial se mantiene. El resto es accesorio, mudable. Bolivia ha cambiado bastante más. Ciertos aspectos deberían cambiar para mejorar —pero sospecho que no lo harán—, y otros jamás deberían cambiar —pero sospecho que lo harán para empeorar—. Moverse por el altiplano ya no supone el doloroso suplicio que, con desprecio por las horas y la comodidad, exigía recorrerlo en autobuses tan decrépitos que apenas podían avanzar a velocidad razonable.

Pero dicen que un viaje no es un viaje si no conlleva sacrificios, y aquel trayecto nocturno de La Paz a Uyuni, a temperaturas bajo cero, nos hizo madurar más rápido que un guantazo de esos que te hacen escupir los pulmones. Una foto del salar de Uyuni que vi en la adolescencia fue el motivo para atravesar Bolivia allá por 1997. Quería tener la oportunidad de presenciar la escena inverosímil de una inmensa planicie blanca que los astronautas apreciaban a simple vista desde el espacio. Vivimos entonces su surrealismo en temporada seca, con los cielos despejados. Un festival para los ojos y la mente, aunque empequeñecido al verlo ahora protegido por una cúpula de nubes bajas que reflejan su figura en los suelos inundados de este desierto de sal. Se adueña del ambiente la misma sensación de irrealidad que experimentamos con las imágenes que anticipan la llegada del sueño.

Al cronista Estete, el altiplano le recordó la meseta castellana. No tenía medios para saber que se elevaba por encima de los 2.000 metros, pero o bien la meseta castellana ha cambiado mucho desde el siglo XVI, o tenía una imaginación admirable. Es un lugar difícil de interpretar, tan complejo como las proyecciones de Heráclito. Todo lo exagera: el frío, el calor, la belleza del panorama, la severidad de la vida. Superficies inhóspitas que alejan cualquier idea de población, pero que reúnen paisajes privilegiados que dignifican el horizonte. Ninguna foto consigue hacerles justicia.