Castellote, octubre de 2021.
Por fortuna, no tengo la obligación de precisar los contornos geográficos del Maestrazgo, un territorio de fronteras elásticas y cambiantes a lo largo de los siglos. Esos límites parecen un arcano que ni siquiera los eruditos logran desentrañar. Acaso porque no hay un único Maestrazgo, sino dos; o porque los topónimos perduran aunque no siempre definan la misma extensión territorial. Además, he venido hasta aquí con un propósito distinto: emprender un viaje lento y meditabundo por la memoria de las cosas que fueron. O por las cosas de la memoria que aún no se fue, pero se va apagando. Viene a ser lo mismo. Al Maestrazgo lo tocamos de soslayo en la ruta por el Bajo Aragón histórico. Y si entonces no pudimos dedicarle el tiempo y la atención que merecía, bien puedo hacerlo ahora.
Teruel y Castellón han sido provincias históricamente arrinconadas por los viajeros, como si visitarlas estuviera prohibido. Pocos se acercaron a ellas, y menos aún al Maestrazgo. En su defensa se alega que esta zona carecía de ferrocarril, de diligencias y hasta de caminos carreteros. Cierto, pero también socorrido: menos comodidades tenía el Sáhara y no por ello escasearon quienes lo recorrieran. Lo que no hubo fue interés ni ganas de conocerlo. Y así siguió hasta que, en épocas muy recientes, la crisis económica aplacó la vanidad de quienes consideraban que viajar por el país era una pura bagatela, como diría Larra. Desde entonces, el Maestrat, su nombre valenciano, ha visto crecer el número de visitantes. ¿Por qué dejarse seducir por esta manía de buscar excusas que disculpen la postergación de los viajeros antiguos? Demasiado esfuerzo. La verdad siempre es lo más fácil de recordar.
¿Qué queda hoy de las antiguas órdenes militares? A riesgo de resultar insolente, pienso que los huesos de su cadáver. ¿Y de la Orden de Montesa? El Maestrazgo. No es mérito menor para una orden que cuenta sus gestas por olvidos. Así escarmienta por haber descollado. Y eso fue, en síntesis, el viejo Maestrat: los territorios bajo el dominio del maestre de la Orden de Montesa. Exiguos al principio, por ser milicia de nuevo cuño, pero dilatados andando el tiempo. A esta primera época pertenecen las plazas fuertes de mayor raigambre. Algunas de origen hospitalario —Cervera del Maestre— y la mayoría confiscadas a los templarios —Peñíscola, Alcalá de Chivert...—, pulverizados justo antes por ser un poder dentro del poder. Sin embargo, Montesa parece no haber dejado en la memoria más que un vago recuerdo. Aunque alumbró una comarca que, siete siglos después, se mantiene en pie, nadie visita su tumba.
Si en el siglo XIX hubieran oído el sintagma «guerras carlistas», habría cundido el desconcierto. El término es un anacronismo acuñado por la historiografía del siglo XX, propensa a las expresiones creativas. Al calor de las guerras carlistas se definió el otro Maestrazgo. Adoptó el mismo nombre, pero sus tierras no guardan relación con los dominios del Maestrat de Montesa. Ni siquiera Morella, hoy emblema de la comarca histórica, que siempre fue villa de realengo. El germen de ese otro Maestrazgo fue el territorio que controlaron el general Cabrera y sus carlistas durante la primera de aquellas guerras civiles. Estas sierras de Teruel se cohesionaron bajo su mando, y pueblos de pasado ilustre, como Cantavieja o Castellote, resurgieron del marasmo. Apenas cinco años bastaron para imprimir un nuevo nombre en el mapa. Tras las carlistadas regresó la atrofia, y con ella, los recuerdos de un pasado sin presente.
Con la autoridad que me conceden las impresiones de un viaje meditabundo, me atrevo a sugerir que existe un tercer Maestrazgo. Me refiero al país de las masías: decenas de caserías aisladas en la sierra, dispersas entre escarpes y barrancos. Las masías —a menudo fortificadas— surgen en la extremadura aragonesa a medida que la frontera medieval avanza hacia el sur. Forman parte del acervo del Maestrazgo, pero se van abandonando. Es natural: contra todo se puede luchar menos contra la imposibilidad de vivir. Dentro de algunas décadas, cuando los techos cedan al peso del invierno y desaparezcan quienes las habitaron, serán ruinas sin nombre ni pasado. El olvido borrará los hilos que entretejían toda una forma de vida. Las masías ocuparán su lugar en el purgatorio de la memoria: nadie las recordará, aunque tampoco habrán desaparecido por completo. Vestigios de las cosas que fueron.
Me pregunto quiénes somos cuando no podemos recordar quiénes fuimos. Cuando los recuerdos que antes se nos agolpaban se diluyen y desaparecen en la espesura. Cuando naufragamos en los hechos de una biografía que no reconocemos como propia. Cuando aquellos a quienes quisimos nos son extraños y lo nuestro nos es ajeno. Nada arraiga. Nada nos deja rastro. Ojalá supiera la respuesta. Me gustaría creer que seguimos siendo los que éramos, pero sospecho que sin memoria de lo que fuimos ni siquiera podemos ser. Nada se sostiene sin cimientos.